
Teléfono rojo
El turismo: motor que define Acapulco
“Acuérdate de Acapulco…” Agustín Lara, en su canción dedicada a María Bonita.
Hay ciudades que viven del comercio, otras de la industria, algunas más del campo. Acapulco vive —y seguirá viviendo— del turismo. Desde mediados del siglo XX, nuestro puerto se convirtió en una postal que recorrió el mundo entero: playas deslumbrantes, atardeceres inolvidables y una hospitalidad que ha sido siempre nuestra mayor fortaleza. Pero lo que hace décadas era suficiente, hoy ya no lo es. El turismo se ha convertido en un motor global de la economía, sometido a una competencia feroz donde cada destino lucha por atraer visitantes con propuestas únicas, innovadoras y, sobre todo, memorables.
El turismo no es solo una actividad económica: es un ecosistema. Genera empleos directos en hoteles y restaurantes, pero también sostiene al taxista, al artesano, al pescador, al músico, a la señora que vende cocos en la playa. Cada visitante que llega a Acapulco enciende una red de oportunidades que alimenta a miles de familias. Por eso, hablar del futuro de Acapulco es hablar del futuro de su turismo.
El turismo ha demostrado ser una de las industrias más resilientes. Lo vimos en las crisis financieras, lo sufrimos en la pandemia y lo hemos comprobado tras fenómenos naturales que pusieron a prueba nuestra capacidad de levantarnos. Siempre hemos vuelto. Sin embargo, cada vez que nos reincorporamos al mapa global, descubrimos que otros destinos han avanzado, que el viajero se ha vuelto más exigente y que las tendencias cambian a un ritmo vertiginoso.
Hoy competimos con ciudades que ofrecen experiencias culturales sofisticadas, destinos que apuestan por la sostenibilidad, islas que se promocionan como paraísos digitales para nómadas con computadora portátil y conexión de alta velocidad. Frente a esa realidad, ¿qué está dispuesto a ofrecer Acapulco para seguir siendo relevante?
El turista contemporáneo ya no viaja únicamente por sol y playa. Busca experiencias: quiere sentir, aprender, degustar, compartir. Nuestra misión es transformar los recursos que tenemos —playas, historia, gastronomía, tradiciones— en productos turísticos bien diseñados y mejor comunicados.
Un visitante no compra una habitación de hotel; compra descanso, confort y tranquilidad. No busca únicamente sentarse en un restaurante; espera vivir una experiencia gastronómica que le cuente una historia. Lo mismo ocurre con nuestras playas: no basta con que sean hermosas, debemos integrarlas en un relato más amplio de identidad, cultura y hospitalidad.
Cada destino exitoso en el mundo ha entendido la importancia de construir una marca sólida. No se trata únicamente de un logo o de un eslogan pegajoso, sino de una identidad coherente que transmita confianza, emoción y pertenencia.
París no es solo una ciudad: es romance. Nueva York no es solo edificios: es la promesa de que todo es posible. ¿Qué es Acapulco?
La respuesta debe ir más allá de los clichés. Acapulco tiene que presentarse como un destino vibrante, diverso, renovado, que honra su historia dorada y al mismo tiempo se reinventa para las nuevas generaciones. La marca no puede ser impuesta desde una oficina; debe construirse de la mano con empresarios, trabajadores, académicos, autoridades y, sobre todo, con la comunidad local.
Como empresario hotelero y restaurantero he sido testigo de cómo Acapulco ha vivido ciclos de esplendor y de crisis. En todos esos momentos, la diferencia la ha hecho el compromiso colectivo. El sector privado tiene la responsabilidad de invertir con visión de largo plazo, de apostar por la calidad, de capacitar al capital humano. El gobierno, por su parte, debe garantizar infraestructura, seguridad y promoción estratégica. Y la comunidad tiene que sentirse parte de este proyecto, porque el turismo solo funciona si beneficia a todos.
El reto que tenemos frente a nosotros es enorme, pero también lo es la oportunidad. Acapulco puede y debe consolidarse como un referente del turismo en México y América Latina. Para lograrlo, necesitamos resiliencia, innovación y unidad. Resiliencia para levantarnos de cada adversidad. Innovación para ofrecer experiencias memorables que respondan a las nuevas tendencias globales. Y unidad para que el beneficio llegue a cada rincón del puerto.
El turismo no es una casualidad: es una decisión diaria. Acapulco tiene todo para seguir brillando, pero depende de nuestra capacidad de reinventarnos y de nuestra voluntad de trabajar juntos. No olvidemos que cuando un turista nos elige, nos está dando la oportunidad de contarle una historia. Hagamos que esa historia valga la pena.
El escritor y periodista estadounidense Mark Twain decía: “Viajar es fatal para los prejuicios, la intolerancia y la estrechez de miras”. Esa frase, tan vigente hoy como en el siglo XIX, nos recuerda que el turismo no solo mueve economías: también transforma conciencias, acerca culturas y ensancha horizontes.
En Acapulco debemos entender que cada visitante que llega no solo consume servicios: también vive una experiencia que puede cambiar su forma de ver el mundo, y con ella se lleva una imagen de lo que somos como sociedad. Esa es nuestra mayor responsabilidad.
Si logramos ofrecer calidad, seguridad, hospitalidad y autenticidad, no solo aseguraremos el regreso de más turistas: también contribuiremos a un mundo más abierto y más humano. Acapulco tiene todo para ser ese espacio de encuentro, y está en nuestras manos hacer que cada historia de viaje sea, además de inolvidable, profundamente significativa.
Recordemos que solamente Juntos, Logramos Generar: Propuestas y Soluciones.
JLG