Va la nueva Ley de economía digital en México
Hace unos días, en una de las sesiones de la asignatura Pensamiento político clásico, llegamos, entre los caminos de la reflexión, a abordar el tema del carácter y de la actitud con que se afrontan los desafíos, en contraposición con las condiciones sociales que influyen en las personas. Sebastián, uno de los estudiantes con los que comparto salón, preguntó, en el contexto de las circunstancias que atraviesan las juventudes: ¿qué pesa más, el entorno social que viven las y los jóvenes o la actitud que tienen para desarrollarse? Una pregunta recurrente, respondida desde diversas perspectivas.
Hicimos el esfuerzo por atenderla, y aquí algunos apuntes. Lo primero: la realidad. México es uno de los cuatro países más desiguales del mundo; así lo apuntan Viri Ríos y Raymundo Campos en sus reflexiones, que convocan a mirar desde una perspectiva distinta los problemas sociales en nuestro país. La nuestra es una sociedad injusta, donde las oportunidades no están centradas en el desempeño de las personas sino, muchas veces, en el contexto en el que les tocó vivir: la zona del país, la comunidad que habitan, la condición socioeconómica, las redes familiares. Estas circunstancias parecen funcionar, en algunos casos —los menos—, como catalizadores y, en la mayoría, como anclas que limitan el desarrollo.
Sin embargo, pese a esta realidad, los investigadores también resaltan que en México el 45 por ciento de las personas cree que las y los jóvenes son flojos y que esa circunstancia les impide desarrollarse profesional y económicamente. Pero hay muchos indicadores que demuestran que las condiciones sociales de la mayoría de las personas jóvenes en nuestro país las condicionan de forma adversa.
De acuerdo con la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo del INEGI, 1 de cada 6 jóvenes en México no estudia ni trabaja. Asimismo, de acuerdo con datos que en su momento ofreció el CONEVAL, entre el 35 y el 38 por ciento de los jóvenes vive en hogares cuyos ingresos no alcanzan para cubrir las necesidades básicas.
Esa es una realidad. Pero surgió otra reflexión: cuánto también está vinculado a las personas. Buscamos en las referencias clásicas y ahí encontramos toda una corriente que pone atención en el desempeño personal, profundamente ligado al carácter: esa caja de herramientas que nos permite conducir nuestra vida a través de las decisiones y afrontar los desafíos que se presentan.
En el pensamiento clásico, el éxito parece estar más relacionado con la determinación personal. El desempeño sobresaliente no es casualidad: es el dominio del pensamiento y de la acción, así como el ejercicio excelente de la razón.
Una visión integral podría aportar un valor relevante a ambas perspectivas: claro que son importantes el carácter y las habilidades individuales, pero también lo es el reconocimiento de las condiciones sociales y económicas que influyen en las oportunidades.
Ambas ideas no se contradicen; más bien, se complementan. Pues pienso que sostener, ante una juventud estudiosa, que son la fuerza del carácter y la determinación personal lo que más influye es abonar al pensamiento meritocrático; pero contemplar solo los condicionamientos socioeconómicos como variable que explica el desarrollo de las juventudes es descargar la importancia del esfuerzo, en un mundo en el que las motivaciones para leer son cada vez más complejas.
En fin, son temas que continúan presentes en nuestras reflexiones y escribir sobre ello, pienso, enriquece el análisis. Concluimos la clase con ese aire.