Palabras y juicios irredentes
En la novela El olvido que seremos, Héctor Abad Faciolince realiza un homenaje a su padre, de quien cuenta su historia. El libro tiene un inicio contundente, la reflexión del escritor sobre el sentimiento extremo de amor. En una de las expresiones más sublimes sobre la paternidad, dice:
“Yo quería a mi papá con un amor que nunca volví a sentir hasta que nacieron mis hijos. Cuando los tuve a ellos lo reconocí, porque es un amor igual en intensidad, aunque distinto, y en cierto sentido opuesto. Yo sentía que a mí nada me podía pasar si estaba con mi papá. Y siento que a mis hijos no les puede pasar nada si están conmigo. Es decir, yo sé que antes me haría matar, sin dudarlo un instante, por defender a mis hijos.”
Juan Villoro en La figura del mundo, una de las obras más íntimas del escritor, evoca la memoria de su padre, el filósofo Luis Villoro. Y sobre él comenta:
“Mi padre no habitaba en el plano de la realidad ordinaria. Vivía en el piso de arriba, no en un sentido arquitectónico, sino mental. Estaba siempre en otra parte, ocupado en descifrar el orden de las cosas o en redactar un ensayo invisible.”
Daniel Wallace, en la novela Un gran pez, que luego fue llevada al cine en una propuesta extraordinaria de cinematografía dirigida por Tim Burton, nos relata las reflexiones de un hijo en torno a un padre. En una de las escenas finales dice:
"Un hombre cuenta sus historias tantas veces que él mismo se convierte en esas historias. Siguen viviendo después de él, y de esa forma, se vuelve inmortal."
En el punto de partida de la literatura occidental el tema está presente. Homero lo contó en La Odisea, Telémaco busca al padre, pues así se lo orienta la diosa Atenea cuando se le aparece. Pero Telémaco es el reflejo del amor que el propio Odiseo siente por Laertes y entre ellos tres, existe un lazo sólido de conexión. En la historia, el padre sigue al hijo y el propio hijo lo hace con su padre.
Telémaco, es un hijo que lo arriesga todo por buscar a Odiseo, sale de Ítaca a escondidas para encontrar noticias, y cuando logra hablar con los antiguos guerreros Néstor y Menelao, lo hace con una profunda devoción, los propios reyes se sorprenden sobre la admiración que el hijo siente por el guerrero extraviado.
Regresa Telémaco de ese viaje, con esperanzas, pero con muchas dudas sobre el paradero de su padre. Y, cuando por fin lo encuentra al volver a su isla, duda mucho, incluso se asusta pues piensa que se trata de una burla de los dioses, una forma de reírse de su dolor. Al ver esto, Odiseo, con su profunda serenidad y firmeza, le dice: "No soy ningún dios... sino tu padre, por quien tanto gimes sufriendo dolores".
El poema describe un estallido de llanto y Homero utiliza una metáfora hermosa: lloran con más fuerza que las aves.
No siempre es así, pero pienso que en la mayoría, el amor de padre nace también con el amor a un padre anterior. El ser humano es complejo, pero es teniendo un referente de amor paternal como extendemos una mejor forma de amar nuestra propia paternidad.
Hoy siento un profundo amor por mis hijos, y es inevitable pensar que mi padre está presente en estos esfuerzos.
Como todos en esta vida, me he preguntado muchas veces, quién soy. Antes me extraviaba en las respuestas, laberinteaba en los argumentos; me pensaba un ciudadano del mundo, politólogo, lector, eterno aprendiz, soñador. Pero nunca me llegaba a sentir seguro como lo pronunciaba de mí. Desde hace algunos años, lo tengo claro, nunca antes me había sentido más seguro de una respuesta: soy padre de Marco y Atenea.