A menos de mes y días de las elecciones, federales y locales, la incomodidad y la indiferencia ciudadanas con la política son fáciles de percibir. Algunos, incluso, comienzan a renegar de la democracia. He leído textos en los de analistas políticos nacionales, que dicen que hay que revisarla porque no nos ha dado los frutos deseados. La mayoría de las personas con las que hablo sobre los próximos comicios no quiere saber nada de ellos. Unos, porque están demasiado ocupados; otros, porque les parece que los políticos son todos una basura y da lo mismo si uno vota o no.

Algo grave está sucediendo porque al ánimo de pesimismo que existe en el país se le está sumando un nivel de suciedad en las campañas políticas, en los debates, en el quehacer cotidiano, difícil, muy difícil siquiera de comprender. No se trata de que haya campañas negativas en las campañas, tampoco guerras sucias entre candidatos: lo que hay es simple suciedad en la forma de hacer y entender la política, de confrontar, no las ideas sino los agravios o los insultos, que no cuidan ni las más elementales reglas del juego.

Y es que el paupérrimo nivel del debate político que evidencian las actuales campañas en México. Diga usted un solo tema de fondo que mueva la actividad proselitista en este país. Yo no encuentro más que uno: la propuesta del PAN, acompañada por el PRD, de echar abajo la Reforma Fiscal. Fuera de eso, las campañas están para llorar: candidatos con cumbias o que bailan en los mítines, y acusaciones de estilos de vida suntuosos y de presuntos actos de corrupción, aderezadas con palabras altisonantes.

Y en cierta forma lo es. La estrategia de los partidos es hacer ver al contrincante como una peor versión de sí mismos. Pero ¿qué les queda, si todos han sido tocados por conductas reprobables y hasta ilegales de sus miembros? Acusar al de enfrente de ser corrupto ha sido la estrategia de los partidos para esconder su propia cola. Es el equivalente del grito de todos corruptos.

Estamos a 45 días de las elecciones. ¿Cuántos mexicanos saben en qué distrito viven y quiénes son los candidatos que buscan representarlos? Más aún: ¿cuántos mexicanos han buscado a sus candidatos para decirles qué esperan de ellos, para estar seguros que atenderán los problemas que existen en su colonia y su municipio?

Mientras menos gente se involucra, los políticos están felices. No tienen que responder a demandas reales. Les basta con decir que el otro es peor que ellos, y ya. Como ya hemos dicho basar una campaña política en los relojes del adversario, en los viajes de los hijos de un dirigente partidario o en la casa donde vive un funcionario, es lamentable, pero ésa está siendo la norma.

Se trata de una pérdida de principios y normas que deterioran todo el proceso político y que se reflejan en otros temas. Por ejemplo, el intento de Ángel Aguirre Rivero de regresar al gobierno de Guerrero. En el pasado pensarlo hubiera sido inconcebible. ¿Qué tanto deterioro debe haber como para que un gobernador, que tuvo que pedir licencia porque es responsabilizado, directa o indirectamente, de la desaparición y muerte de 43 estudiantes, en una operación cobijada por autoridades de su mismo partido, coludidas con narcotraficantes, no sólo no esté hoy procesado por esos hechos sino, incluso, con expectativas de regresar al gobierno?

Muchas de las “promesas” que hoy escuchamos de los candidatos que están en campaña rumbo a los comicios del 7 de junio van en la dirección de comportarse honestamente frente a los electores una vez obtenida la mayoría de votos que les permita llegar a
una diputación o a una gubernatura, según sea el caso. Hoy, la mercadotecnia política recomienda “comprometerse” con el ciudadano para diferenciarse del “político tradicional” en el hecho de no lucrar con el cargo público para el cual se busca el voto. ¡Dicen los asesores de “imagen” que eso “vende”!

Sin embargo, se trata de un “espejismo político” debido a que el desprestigio por el que atraviesa la clase política del país nos ha llevado a los ciudadanos a pensar que quien se deslinda de los corruptos es verdaderamente el que tiene más “cualidades” para gobernar. Y es que las experiencias de corrupción e impunidad inundan la esfera de lo público por lo que pensar en alguien honesto y probo se convierte en lo más importante para el elector.

Y ¿dónde quedan las propuestas, dónde están las ideas y el sustento político que dan forma a una candidatura? Eso ya quedó atrás. En las circunstancias actuales eso ya no importa para el ciudadano, cuando en realidad es lo más importante en un proceso democrático. Estamos más distraídos en los “escándalos” de corrupción protagonizados por los actores políticos que lo verdaderamente sustancial e importante pasó a un segundo plano.

Pensamos que cuando los candidatos nos “ofrecen” ser honestos es porque realmente lo van a ser. La gran verdad es que durante años ha sido lo contrario y quienes hoy prometen rectitud en el pasado se han comportado de manera opuesta a lo que ofrecieron. ¿Por qué ahora sí han de cumplir?

Estamos tan faltos de propuestas y de ideas que le den sentido a la actividad política de los candidatos (sin ideas la política es sólo pragmatismo) que las propias autoridades electorales del INE han tenido que organizar foros a partir de ayer lunes para debatir las “plataformas” de los 10 partidos políticos que habrán de contender dentro de 48 días en una de las elecciones más complicadas para el país.

Por ello, estos tiempos son fundamentales para exigirles a los partidos y a sus candidatos, no, “guerra de lodo”, como parece ser la constante de las campañas. Si no propuestas de fondo que, de una vez por todas, den resultados a la hora de ser aplicadas cuando se llega al gobierno. Se trata de cambiar la “idea” que muchos aspirantes tienen de “hacer política”; y en ello los ciudadanos jugamos un papel fundamental.

ES CUANTO