Hoy en día, y gracias a él descompuesto escenario político y de crisis, es común escuchar que los ciudadanos están hartos de los políticos y sus partidos, de todos los partidos y de todos los políticos. Todos son iguales, como se dice. Los analistas y los comentaristas de los medios escritos y electrónicos mencionan que el sistema de partidos políticos está en crisis en todo el mundo y en particular en nuestro país.

En este contexto, las elecciones de 2015 en México serán las primeras de nuestra breve experiencia de contiendas democráticas competitivas (1997-2012) en las que ninguna de las opciones partidistas representa una alternativa libre de escándalos de corrupción o vinculación con el crimen organizado. No hay partido limpio. No hay caras frescas. Todos están manchados y marchitos. No hay ideas o propuestas innovadoras, ni nadie ofrece talento o creatividad. Todos tienen cola larga y cabeza chica. Y tenemos el alud de spots y publicidad barata: nos inundarán con discursos y mensajes retóricos y predecibles, sin transmitir el más mínimo aliento de cambio. Todos están inmersos en las luchas internas por las candidaturas, como lo estarán pronto en campañas sin otro motor que no sea la ambición por obtener la posición de poder, con absoluto desdén hacia el extendido y profundo hartazgo de la sociedad.

Analizando lo dicho antes, tenemos que reconocer que también es un lugar común decir que la democracia es el mejor sistema político. O el menos malo de todos los que la sociedad ha inventado. Y sí, la democracia es un sistema que vuelve iguales a todos los ciudadanos: el voto de cualquier ciudadano vale lo mismo. Todos los ciudadanos tienen derecho a votar a sus gobernantes y a sus representantes, a elegir, y todos tienen el derecho a ser votados, a ser electos gobernantes o representantes de sus conciudadanos. Ésa es la gran virtud (por eso todos nos decimos demócratas) y también el gran defecto (por eso culpamos a los demás, especialmente a los políticos y a sus partidos) de la democracia.

De esta manera y por lo menos hasta el próximo 7 de junio, los mexicanos estaremos inmersos en un proceso electoral que se espera totalmente democrático, aunque los ciudadanos estén hartos de los políticos y sus partidos. Se renovará la Cámara de Diputados, elegirán a nueve gobernadores y más de dos mil cargos públicos, a través de un listado nominal de 82.5 millones de electores, quienes podrán ejercer su voto en más de 152 mil casillas. Pero como nunca en los últimos 15 años, estamos frente a un proceso electoral que, contaminado de raíz y desfondado de origen, no despierta el menor entusiasmo en la ciudadanía; estamos ante una democracia sin sustancia, vaciada por los excesos y el cinismo de una clase política rapaz; y estaremos frente a unas urnas carentes de atractivo, piezas de un escenario desolado, sin despertar expectativas ni emoción.

El escenario electoral se configura en medio de un país crispado y profundamente decepcionado por el regreso del PRI al poder, con la economía estancada, los salarios reales disminuidos y una creciente crítica internacional por los altos niveles de corrupción e impunidad que prevalecen en el país y un recorte presupuestal que afectará seriamente la pertrecha economía del país. En la percepción del rumbo del país está claro que los ciudadanos viven una situación económica difícil, que se refleja en el deterioro de su calidad de vida. Sólo 17% de los mexicanos considera que su situación económica personal ha mejorado, mientras que 40% no ve expectativas de mejora en el futuro. El Presidente de la República se encuentra en el nivel histórico más bajo de aprobación que haya existido para un Presidente en México desde que se lleva a cabo este tipo de estudios; seis de cada diez mexicanos afirman que vamos por el camino equivocado. 

En cuanto a la preferencia electoral, las encuestas muestran un evidente desplome del PRI y un ascenso del PAN. En preferencia efectiva, el PRI alcanza 31% de los votos, mientras que el PAN avanza hasta 27 por ciento. La izquierda se divide el voto principalmente a través del PRD (12%) y de Morena (10%). Mientras que el Partido Verde alcanza 10%, impulsado por su verdadero dueño, el PRI, con el objetivo de contrarrestar en el Congreso la caída del Revolucionario Institucional. Los demás partidos están con una alta posibilidad de perder su registro.

De estos datos se pueden derivar algunas conclusiones. Los ciudadanos están mostrando su rechazo a la forma en que el gobierno priista ha manejado la crisis de inseguridad y la economía, y no pasan por inadvertidos los escándalos de corrupción y de conflicto de intereses en los que están involucrados el propio Presidente de la República y algunos miembros de su gabinete. El PAN comienza un camino de recuperación electoral. Muchos ciudadanos comparan el manejo responsable y eficiente de la economía en tiempos de Acción Nacional con el déficit, la devaluación y el endeudamiento que hoy presenciamos.

En este contexto de crisis y desconfianza, hay que pensar sobre el proceso electoral de junio y los enormes desafíos que enfrenta. Por un lado, sortear los intentos de los grupos que quieren impedir la elección en diversas zonas del país. El Estado mexicano no puede permitir ningún retroceso en la normalidad democrática; no hay causa social que justifique impedir el derecho de los ciudadanos a elegir a sus representantes. Otro desafío es lograr una alta participación ciudadana y superar el promedio de participación de las dos últimas elecciones intermedias, que es de sólo 43 por ciento. También está el reto de lograr una fiscalización eficiente de los gastos de campaña de los partidos y una vigilancia puntual a los recursos públicos para evitar cualquier forma de desvío.

Asimismo, los partidos políticos deberán medir su éxito no sólo por la cantidad de votos que tengan, sino por su capacidad de ofertar a la ciudadanía ideas y candidatos capaces de despertar confianza y esperanza. La campaña es una oportunidad inmejorable para que los propios partidos empiecen a reivindicar la política como el único mecanismo eficaz para la construcción del bien común. La mayor virtud de la democracia es que iguala a los ciudadanos. Éste es, paradójicamente, su mayor defecto en un país donde todos nos decimos iguales, mientras que los que consideramos desiguales no quieran ser iguales que nosotros.

ES CUANTO