MÉXICO, DF, 24 de octubre de 2014.- El mapa de los cárteles que operan en México cambia tan rápido que da vértigo. El del año pasado ya envejeció y este no tardará mucho en hacerlo, destaca un amplio reportaje que publica el diario español ABC en su edición de este viernes.

En aquel no figuraban, por ejemplo, los Guerreros Unidos, acusados de la desaparición de los 43 estudiantes de la Escuela Normal Rural de Ayotzinapa tras los ataques de Iguala del pasado 26 de septiembre, que se cobraron seis vidas. El crimen organizado en México es una hidra de Lerna que multiplica sus cabezas cuando se le corta una.

En 2013, la Procuraduría General de la República (PGR) tenía registradas 89 bandas delictivas en todo el país. “No decimos qué tipo de bandas delictivas están en qué lugar ni cómo se llaman porque para nosotros todos, todos, son delincuentes comunes. Obviamente ellos se ponen nombres, pero si doy una información y ratifico que así los estamos denominando y sus zonas de influencia, les estamos dando una personalidad, y eso es lo que el gobierno federal no pretende hacer”.

Eduardo Guerrero, doctor en ciencias políticas y especialista en violencia y seguridad, da respuesta a través de los datos recopilados por su empresa, Lantia Consultores: “Tenemos registro de nueve cárteles (Sinaloa, Pacífico Sur, Juárez, Tijuana, Golfo, Zetas, Familia Michoacana, Caballeros Templarios y Jalisco Nueva Generación), y de 113 células criminales narcotraficantes”.

Lo que ha sucedido de ese entonces para acá –dice Guerrero– es que las organizaciones se han ido fragmentando aún más. Todavía tenemos grandes cárteles, sobre todo el de Sinaloa, y tenemos una gran gama de mafias, que se dedican sobre todo a la extorsión y al secuestro. Dependiendo de su ubicación geográfica, tienen otros negocios, como el tráfico de personas o la trata, la extracción ilegal de combustible, etcétera. Con todas las intervenciones militares y policiales que ha habido en los últimos dos años en los centros urbanos más violentos, muchas células se han trasladado a zonas rurales, donde se dedican a extorsionar a empresarios agrícolas o a ganaderos, lo cual ha propiciado la aparición de grupos de autodefensa, muchos de ellos financiados por estos mismos empresarios”.

En este panorama es donde cuadran tanto Guerreros Unidos como Los Rojos, que se reparten la extorsión, el secuestro y el tráfico de drogas en la zona de Guerrero, sur del Estado de México y Morelos. Ambos son escisiones del cártel de Edgar Valdez Villarreal «La Barbie», detenido en 2010, que a su vez fue antes el brazo armado de los hermanos Beltrán Leyva, que a su vez se separaron del cártel de Sinaloa, al que originalmente llevaban el tráfico de cocaína.

La hipótesis de Eduardo de lo que sucedió en Iguala tiene que ver con el choque de estas células con los grupos de carácter guerrillero que ya existían en las zonas rurales del estado de Guerrero:

Posiblemente el asesinato de los normalistas –en ningún momento hablará Eduardo de desaparecidos– tenga que ver con que los normalistas tenían un vínculo (tenue, pero lo tenían) con una célula guerrillera, el ERPI (Ejército Revolucionario del Pueblo Insurgente), escisión del EPR (Ejército Popular Revolucionario)”.

Sea como fuere, los seis muertos y 43 desaparecidos de Iguala pusieron sobre la mesa que el mundo criminal está infiltrado de manera alarmante en las instituciones públicas municipales.

Para ser eficientes en su operación –explica Eduardo– estas mafias pequeñas generalmente trabajan de la mano de las autoridades locales. A veces bajo un acuerdo de beneficio mutuo, repartiéndose las ‘utilidades’ de los negocios criminales; otras, por intimidación o sometimiento”.

(Más en http://www.abc.es/internacional/20141024/abci-mexico-crimen-organizado-201410231815.html.)