Así gritaría Mafalda.

Ban Ki Moon no exagera al pedir a los líderes mundiales sembrar semillas de esperanza ante la convulsión de un mundo que parece desgarrarse. “Vivimos en una era con un nivel sin precedentes de crisis y problemas”. Pesimista, el Secretario General de la Organización de las Naciones Unidas inauguró la 69 Asamblea General del máximo organismo internacional con la certeza de un horizonte oscurecido por la desesperanza.

El cónclave neoyorkino es el ritual que cada año congrega a más de 140 jefes de Estado y de Gobierno. Es la mejor fotografía del caldero del diablo en el cual hierven las relaciones internacionales, deterioradas por el caos, las amenazas de muerte y violencia, el calentamiento global y la irremediable desigualdad entre países gigantes y enanos.

Hace un año el panorama era distinto… aunque ya se perfilaba la compleja situación actual. Siria y la crisis humanitaria ocupaban la atención mundial; la disputa entre las dos Coreas; EU proclamaba su retiro de Irak y Afganistán para poner fin a una situación de guerra perpetua; el mundo parecía más estable, a pesar de la amenaza nuclear de Irán.

Doce meses después la agenda mundial queda secuestrada por los fantasmas del fundamentalismo, el expansionismo, los movimientos autonómicos e independentistas… y hasta la salud.

Medio Oriente es otra vez más la prioridad. Barack Obama llega al pleno de Naciones Unidas con el único objetivo de encontrar apoyos que legitimen la ofensiva estadunidense contra el autodenominado Estado Islámico del Levante. El grupo yihadista, desconocido hace unos cuantos meses, se ha transformado en la mayor amenaza a occidente. Ha obligado a Washington a volver al terreno que deseaba abandonar. Por más que lo pretenda, EU no puede salirse de Irak, ni ignorar lo que ocurra en Siria. La consigna es clara: El Estado Islámico debe ser destruido… y el mundo debe unirse.

Otro asunto urgente es la crisis salud provocada por una enfermedad de la que pocas personas habían oído hablar hasta ahora: la epidemia del ébola… que se creía olvidada. La comunidad internacional mantiene el consenso sobre la necesidad de contener una emergencia que ha cobrado ya 2 mil 800 víctimas. Sin embargo, aún no hay acuerdo sobre los medios económicos, técnicos y materiales para atender a los 5 mil 300 infectados y evitar el contagio a otros miles de habitantes de zonas miserables del continente negro. La desesperación ante la lentitud de la respuesta mundial contra la epidemia lanza alertas de guerras civiles en Liberia, Sierra Leona y Guinea.

Para los analistas, lo urgente no debe opacar a lo importante. También siguen sin resolverse las crisis humanitarias que involucran a millones de refugiados en Irak, Siria, Sudan, Ucrania y Gaza y la subsistencia de los desplazados; todo depende de la atención mundial y los recursos administrados por los organismos internacionales.

Este año, la posibilidad de acuerdos políticos también enfrenta desafíos inéditos. Resucita el lenguaje de la guerra fría, aparentemente sepultada en 1989; se exhuman las fricciones enterradas de la relación entre Rusia y Estados Unidos a causa del conflicto ucraniano, que hace un año no estaba en el mapa. La posición de Moscú como miembro permanente del Consejo de Seguridad y su poder de veto, dan a Vladimir Putin un enorme poder de negociación, pero además, la expansión de su fuerza en Ucrania muestran los reducidos límites de la propia ONU. Conflictos como ese, que enfrentan directamente los intereses de las dos grandes potencias no se resuelven con intermediación alguna. Poco o nada puede hacer la ONU.

Al final, el mayor organismo internacional es fiel reflejo de la desigualdad mundial. Aún cuando las amenazas son reales, es un hecho que los poderosos fijan las prioridades. En la ONU aparentemente, sólo aparentemente, todos los países miembros son iguales, pero, sin duda, hay dos más iguales que otros.

Nuestra era busca, de forma insistente, a veces desesperada, una idea de orden mundial. ¿Afrontamos un período en el que fuerzas sin restricción alguna determinan el futuro? La pregunta es de Henry Kissinger en su último libro, Wolrd Order.

BORREGAZO: Se confirma lo que se daba por hecho: las identidades del diputado priista Gabriel Gómez Michel y su asistente Heriberto Núñez Ramos, asesinados… y, sobre todo, la impunidad del crimen organizado, sin minimizar la necedad de quienes, intentan ocultar sorpresa, ignorancia y derrota con el lugar común de la promesa de siempre.

@JoseCardenas1| [email protected]| josecardenas.com.mx