El viernes por la noche, José Luis Abarca Velázquez celebraba el informe de su esposa al frente del DIF municipal. También era la víspera de su Segundo Informe de Gobierno como alcalde de Iguala, razón de sobra para bailar al ritmo de los grupos “Colage” y “La Luz Roja de San Marcos”, en la Plaza de las Tres Garantías… vaya ironías.

La versión del edil perredista es, al mismo tiempo, coartada y defensa. Según el funcionario nunca dio la orden de reprimir a los normalistas de Ayotizinapa; sus compromisos lo mantenían aislado. Se enteró del desastre horas después, demasiado tarde, cuando sus jenízaros, junto con “sicarios” ministeriales vestidos de civil baleaban inconformes y camiones sospechosos; pidió no caer en provocaciones cuando el municipio ya era un infierno.

Es increíble la actuación policial en Iguala, al enfrentar a tiros una manifestación”, declara el Secretario de Gobernación.

Seis muertos, 17 heridos, 57 desaparecidos y 72 horas después, apenas comienza a informarse de los hechos. La autoridad estatal toma el control de las investigaciones, mantiene en encierro a 22 uniformados, entre ellos una mujer ­–otros 258 están encuartelados–… sacarlos a la calle sería condenarlos a la furia ciudadana; quizá a la muerte.

Lo ocurrido la noche del viernes y la madrugada del sábado reitera el lugar común: una policía municipal improvisada, sin disciplina ni adiestramiento, incapaz de controlar una situación riesgosa y por el contrario, lista a combatir a balazos cualquier desafío. El absurdo es total y criminal.

Sobre la policía de Iguala pesa también el misterio sobre el destino de los 57 estudiantes desaparecidos durante la refriega. Según los normalistas de Ayotzinapa, sus compañeros fueron detenidos por elementos policiacos y llevados en patrullas… vaya usted a saber a dónde. La mayoría de los desaparecidos –y los tres muertos confirmados– eran jóvenes recién ingresados a la normal rural “Raúl Isidro Burgos”.

Pero más allá de la intolerable actuación de los uniformados y no, la noche sangrienta de Iguala es una gran interrogante. A la actuación policiaca se suman dudas sobre las otras tres muertes de quienes fueron alcanzados por el fuego de manera accidental.

No queda claro quien atacó al camión del equipo de tercera división Avispones de Chilpancingo, ni termina de explicarse si el chofer del transporte y el joven futbolista de 15 años, David Josué García Evangelista, murieron a consecuencia del caos generado por los choques entre policías y normalistas, o como lo denuncio el padre del muchacho, los miembros del equipo fueron víctimas del enojo de criminales que habían apostado a la victoria de la escuadra local en el duelo futbolero, disputado horas antes. Otro de los “Avispones” quedará ciego de por vida.

Si todo se originó por la falta de pericia policiaca para controlar una manifestación más de los normalistas, malo. Si hay otro tipo de intereses involucrados, peor.

Lo ocurrido en Iguala, sumado al asesinato en Acapulco del Secretario General del PAN en Guerrero, Braulio Zaragoza, reabren una vieja herida infectada. La violencia en Guerrero no es un fantasma, es una amenaza permanente; cotidiana.

La torpeza y ausencia de las autoridades municipales ha encendido la mecha de un nuevo conflicto que amenaza, en primera instancia, al gobierno de Ángel Aguirre Rivero. Sobre el mandatario estatal van los señalamientos y las exigencias. Los aguerridos normalistas ya llevaron su protesta a Chilpancingo, pintaron los muros y quemaron parte de la biblioteca del Congreso local; no regresarán a Ayotzinapa hasta no encontrar justicia. ¿Se quedarán plantados para siempre?

En medio del caos, la cancelación de la visita presidencial a Guerrero programada para ayer lunes no hace más que incrementar la sensación de pesimismo ante una realidad abrumadora.

BORREGAZO: En términos policiacos, Guerrero es un estado inviable. Luto, confusión, ira, temor y reclamos de justicia son respuesta al salvajismo policial devenido en barbarie. Las ejecuciones extrajudiciales exhiben el retraso mental de autoridades quienes malentienden el monopolio de la fuerza como pretexto para venganza e intolerancia. La tormenta igualteca, como la masacre de Tlatlaya, avergüenzan; prolongan la noche mexicana. No sólo ellos marchan con “pies cansados” sobre las arenas movedizas del pantano nacional…

@JoseCardenas1| [email protected]| josecardenas.com.mx