Vivos o muertos, debemos estar preparados para cualquier escenario. Así lo han venido repitiendo el secretario de Gobernación y el nuevo gobernador de Guerrero; ambos algo saben… o nada aún.

Los familiares de los normalistas están desesperados –como el resto del país– por conocer la verdad, ¿pero el gobierno está preparado para explicarnos uno y otro escenario posible?

Esa es una buena pregunta.

¿Cómo justificar, después de cinco semanas, no haber encontrado el mínimo indicio de los desparecidos?

¿Si están vivos, dónde los esconden, cuando la búsqueda pisa los talones a quienes hayan cometido el secuestro?

¿Si los enterraron en fosas clandestinas –y se ha descubierto una decena– por qué no están los muertos de Ayotzinapa y sí una treintena de cadáveres a los cuales nadie estaba buscando?

¿Si los quemaron vivos, cuánto tiempo debió pasar hasta convertirlos en cenizas, a cielo abierto, sin que alguien percibiera señales de humo y pestilencia?

¿Se pueden esconder los restos de tantos muertos sin dejar huella?

¿A algunos de los jóvenes los sepultaron en fosas, a otros los quemaron y al resto lo tiraron al agua?

¿Y los forenses argentinos contratados por el gobierno, tampoco tienen algo qué decir?

¿Y si están muertos, cabe la posibilidad de nunca encontrarlos?

El gobierno federal enfrenta el Ayotzinapa Moment, la peor crisis de credibilidad… está contra las cuerdas…

Sin duda, lo ocurrido la noche trágica de Iguala ha evidenciado las carencias de la administración federal. Torpeza, falta reflejos, y reacciones titubeantes, han sido detectadas y denunciadas una y otra vez, a lo largo de los últimos 37 días. En cinco semanas, la operación gubernamental se ha visto trastornada. Ante la falta de resultados el gobierno nos atiborra con cifras y datos que importan muy poco: tantos más cuantos gendarmes, agentes y militares movilizados; tantas más cuantas lanchas, binomios caninos, “drones”, helicópteros y vehículos… pero de lo esencial, nada aún.

No es lo mismo fijar la agenda política y mediática con la discusión de las reformas estructurales que hacer frente a una crisis de gobernabilidad que carcome a todo el Estado mexicano.

La corrupción, ineficacia y caos revelados en Guerrero no es una crisis coyuntural sino la expresión más cruda de un mal endémico. El término “debilidad institucional” empleado por el Presidente de la República, queda corto.

Este fin de semana de muertos seguimos sepultados en la fosa clandestina del inframundo.

EL MONJE LOCO: Los demonios se soltaron la noche de brujas, y le pegaron un buen susto al Jefe de GDF; fue una noche de horror. Miguel Ángel Mancera se puso grave al someterse a un procedimiento rutinario para corregir una arritmia cardiaca detectada hace tres meses, durante un chequeo general; una “ablación” derivó en complicación; un catéter le perforó la aorta. El equipo médico, encabezado por el cirujano cardiovascular Carlos Riera Kinkel, hubo de realizar una operación de emergencia a corazón abierto para salvarle la vida al Jefe de Gobierno. Hasta el secretario de Gobernación saltó de la cama para acudir raudo, pálido, veloz y solícito al Hospital ABC, poco antes de la media noche del viernes. A Miguel Ángel Osorio Chong no le costó trabajo salir de las sábanas… hace mucho no logra vencer el insomnio. Y no era para menos, el susto por la salud de su “tocayo” llegó en el peor momento. Los focos rojos se apagaron cuando Miguel Ángel Mancera se comunicó –vía telefónica– con el Presidente de la República –quien le ofreció el apoyo de médicos militares– y con los asistentes a la conferencia de prensa organizada la tarde del sábado… y por Twitter (@ManceraMiguelMX) con un millón 100 mil seguidores. La alarma quedó en eso… La noche del viernes fue de horror para Mancera, sí, pero también de milagros… se le decimos de todo corazón.

@JoseCardenas1| [email protected]| josecardenas.com.mx