De un tiempo para acá –para ser precisos de noviembre a la fecha– los bienes raíces son campo minado para la clase política. Todo lo que posea la élite que vive del presupuesto –y no en el error–, puede ser usado en su contra.

 

El sospechoso conflicto de interés quizá soterrado en cimientos, trabes, techos, muros y ventanas de la Casa Blanca de Las Lomas inauguró la moda de exigir la moralización del país a través del escrutinio inmobiliario en busca de la opulencia de los poderosos, víctimas de la moral distraída, por decir lo menos.

 

Por ejemplo, si el candidato panista al gobierno de Sonora acumula mansiones y aviones, si el Gobernador de Nuevo León se compra un palacete, si su papá también, o si la candidata del PRI a la alcaldía de Cuernavaca compra una casa en ganga y la ganga se le viene encima, entonces cada uno de ellos se gana la etiqueta de presunto culpable a menos que pruebe lo contrario ante una sociedad hipersensible al derroche.

 

Pero aún con lo graves que puedan resultar estos escándalos hay que verlos como un nivel superior de exigencia ciudadana y no sólo como un estigma contra la clase política.

 

Habrá quien piense que una tormenta moralina azota a la opinión pública y que la irritación es excesiva ante un fenómeno perenne… y el cínico preguntará: ¿por qué nos enoja la exhibición de la prosperidad política? ¿tenemos envidia de que a nuestros gobernantes les vaya bien en la vida? ¿por qué nos indignamos con la casa de Malinalco si apenas nos molestaron el “Partenón” de Durazo y “La Colina del Perro” de López Portillo?

 

La respuesta no es tan simple.

 

La naturaleza del enriquecimiento es la misma; la forma de pensar de nuestros políticos parece no haber cambiado… lo que sí ha cambiado es el umbral de nuestra indignación; ahora gritamos furiosos lo que antes callábamos sumisos, lo cual debe mirarse como un signo positivo. Dejó de ser tolerable la desfachatez de quienes convirtieron a México precisamente en un país de cínicos… y eso es una buena noticia.

 

El riesgo está en que en tiempos electorales, la hipersensibilidad pública es blanco fácil para los profesionales de la difamación. La riqueza en sí no es un delito y aunque nadie es culpable hasta que se le pruebe lo contrario, al final, la sombra de la duda puede ser suficiente para sepultar famas y cobrar dividendos…

 

EL MONE LOCO: Según expertos, no tarda el cambio de presidente en la Federación Mexicana de Futbol; se va Justino Compeán y llega Decio de María… gerente de nuestra “liga de la patada”.

 

@JoseCardenas1 | [email protected] | www.josecardenas.com