A tres semanas del 7 de junio, el macro proceso electoral torna en pesadilla.

Como hayan sido, los crímenes de Enrique Hernández –candidato de MORENA a la alcaldía de Yurécuaro, Michoacán– y el de Héctor Cruz López –aspirante priista a noveno regidor en Huimanguillo, Tabasco–, son ejemplos radicales del tufo que apesta la competencia.

Suman siete los candidatos asesinados.

La cifra roja supera las seis muertes registradas en 2009 y las cinco de 2012; en total, cerca de 40 aspirantes a cargos de elección popular han sido atacados y amenazados. La violencia desatada ha llevado a personajes como Carlos Navarrete –líder nacional del PRD– a recomendar a sus abanderados no realizar campañas en lugares “inhóspitos”; garantizar su integridad resulta imposible…

El clima tormentoso sólo muestra el nivel de presión que grupos de poder fáctico están dispuestos a ejercer contra quienes buscan jugar en el tablero de la política… y como siempre, el hilo revienta por lo más delgado: los candidatos a municipios “calientes” o a diputaciones locales.

El miedo no es el único reto que enfrentan las elecciones.

La violación sistemática de la ley, la guerra de lodo entre partidos, el espionaje y las acusaciones variopintas para ventanear trapos sucios ponen en jaque a la autoridad electoral.

El INE –tiroteado por todos los flancos– va derechito a quedar como el cohetero –si truena duro el petardo le chiflan y si no, también–. Casos como el de Marcelo Ebrard o el desafío permanente del Partido Verde han sometido al árbitro de la contienda a un desgaste extraordinario. Al reto de organizar las elecciones más complejas de la historia se suma la amenaza de judicializar la contienda.

¿El resultado será un desastre democrático?

Sólo cuatro de cada diez ciudadanos tiene intención de acudir a las urnas, muchos, sólo para anular el voto, dejarlo en blanco o demandar la legalización de la revocación del mandato.

La escasa participación prevista para el próximo 7 de junio también será expresión del hartazgo de millones ante la falta de credibilidad en el respeto al voto… y el descaro por la soberbia de la “partidocracia”, que sólo ve en el sufragio efectivo un mal necesario.

EL MONJE LOCO: Queremos el cielo y estamos en el suelo, cuando casi 40 de 83 millones considera que México no es un país democrático sino autocrático; resulta más grave, mucho más grave, que cuando se ceba el satélite Centenario… o la cantera se impone a cartera para desplumar a las Águilas.

@JoseCardenas1| [email protected]| www.josecardenas.com