Tiempo de epitafios

(Crime & Shame…)

En estos días de oscuro silencio, cuando la muerte corre en ambulancias llorosas, enloquecidas, por dejar su carga en cualquier lugar que abra la puerta, condeno el mercado de la salud, el negocio de las farmacéuticas, la inhumanidad de los médicos, siempre pensando en metálico, antes de curar a Lázaro de Betania.

Jornadas tristes, de angustia, para los que hacen su trabajo en salas cargadas de dolor, a los que dejan sus miedos en casa y se entregan a largas jornadas por la salud del prójimo; tan difícil como sembrar en tierras secas, como enseñar en una escuela de techos caídos y paredes de palo, en el abandono por la corrupción y la pobreza.

A estos médico(a)s y a todo el personal de salud les envío mi corazón, les ofrezco este texto como una ofrenda insuficiente a su entrega desinteresada, en estos días de oscuro silencio.

(Voodoo Child…)

Cuando alguien se refiere a la peste, la memoria olfativa me remite a olores repugnantes, a cuerpos podridos, descompuestos, a la muerte de animales o de seres humanos. La guerra y la pobreza son una peste.

Eso viene desde mi niñez, cuando la peste mataba a nuestros animales y había que arrastralos a la orilla del pueblo, amarrando un mecate, o un bejuco, a una de las extremidades del cuerpo infecto de la bestia, hasta el tiradero de las “cosas muertas”.

El improvisado panteón estaba ubicado bajo unos frondosos macahuites con ramas y hojas cubiertas de color blanco por la mierda de las aves de rapiña, que hacían siesta ahí después de cada festín. Los zopilotes abotagados, empachados, no emprenden vuelo, arrastran sus alas entre los pedazos de carne descompuesta en ese mercado de la muerte.

(Back to the house…)                                     

¿La muerte será el regreso a casa? Leyendo una novelita de Jorge Volpi, un trabajo biográfico sobre la vida y la trágica muerte del poeta Jorge Cuesta, celebrado bardo del grupo de Los Contemporáneos.

En la tumba del poeta en el panteón Francés, en el corazón doloroso de la CDMX, hay un epitafio que describe al personaje, según el autor del mismo, se dice que fue Xavier Villaurrutia, otro miembro de aquella cofradía exquisita, que dice: “Agucé la razón/tanto, que oscura/fue para los demás/mi vida, mi pasión/y mi locura./Dicen que he muerto./No moriré jamás:/¡estoy despierto!”.

Dice la conservadora Real Academia Española (RAE) que un epitafio es la “inscripción que se pone, o se supone puesta, sobre un sepulcro o en la lápida o lámina colocada junto al enterramiento”.

La inscripción puede ser el deseo del fallecido o de los vivos que lo recuerdan de determinada manera. En estos tiempos de oscuro silencio, de valor, de retos, de miedo, de muerte… me encontré con algunos epitafios muy ilustrativos. Veamos.

“Cuando veas a un hombre bueno, trata de imitarlo. Cuando veas a un hombre malo, examínate a ti mismo”, está escrito sobre el marmol donde se encuentra el sepulcro de Pablo Emilio Escobar Gaviria.

“Parece que se ha ido, pero no”, dice el de Mario Moreno Cantinflas. Y cierto, el ex Canal de las Estrellas, a falta de producción nueva, se ha encargado de recordárnoslo.

El Marqués de Sade, con cierta perversión añorando la vigilia de placer nos recuerda: “Si no viví más, es porque no me dio tiempo”.

“Libre por fin. Libre por fin. Gracias Dios todopoderoso. Soy libre por fin”, sobre la paz del sepulcro del líder negro estadounidense Martin Luther King.

“Esto les pasa a los chicos malos”, reitera el epitafio del rey del terror Alfred Hitchcock, como moraleja de una película.

“No es que yo fuera superior, es que los demás eran inferiores”, presume otro grande del cine, Orson Welles.

El chileno Vicente Huidrobo, dejando poesía labrada en la hora de su muerte, marcó el cemento: “Abrid la tumba, al fondo de esta tumba se ve el mar”.

El más cínico de los cínicos, el viejo indecente, Charles Bukouwski, sugiere: “ Don’t try” (No lo intentes).

Dee Dee Ramone, fundador y bajista de Los Ramones, como terminado su mejor actuación bajo los excesos del punk corrió el telón y lanzó un escupitajo al público: “Ok… Me tengo que ir”.

Yo también. ¿Usted ya tiene el suyo? ¡Ánimo! Que esto no se acaba hasta que se acaba.