Atención

Con el propósito de ofrecer una mejor experiencia dentro de nuestro sitio web, le sugerimos que actualice su navegador, ya que usted cuenta con una versión de internet explorer antigua, que ya no tiene soporte por parte de microsoft y que representa un riesgo de seguridad para usted.

Sigue nuestra transmisión en vivo.
Click para seguir la transmisión
x
Foto: Especial

Acapulko tropikal/Misael Habana de los Santos

Misael Habana de los Santos
 
| 09 de agosto de 2018 | 14:20
 A-
 A+

De pejefóbicos y morenos extraviados

Desde hace años los mexicanos tenemos presidente de la República, hoy las instituciones del Estado mexicano, reconocen el deseo que por mucho tiempo tuvieron nuestros compatriotas: Andrés Manuel López Obrador al frente del Poder Ejecutivo de este territorio al sur del río Bravo.

Pero hay un gran trecho entre deseo y realidad. Por largo tiempo los mexicanos sobrevivimos a esta realidad paranoide a qué nos sometió lo que el clásico ha bautizado, y bien, como la mafia del poder. Un deseo que costó sangre, sudor y lágrimas y ojalá que nunca se olvide.

Mirando la realidad, una encuesta aplicada posterior al domingo histórico de julio en que más de 30 millones de mexicanos sufragaron por los cambios, opinó que si las elecciones fueran ahora, otros 10 millones de ciudadanos darían el voto a AMLO.

Quiere decir que muchos opositores prejuiciados por las campañas de miedo u otras fobias gestadas desde el grupo que se niega a dejar el poder han cambiado su opinión en favor del político más famoso de este tiempo mexicano.

Aún cuando muchos de los opositores ya bajaron las armas de la diatriba y arriado sus banderas raídas y desteñidas en la batalla, hay una minoría agresiva que se ha disuelto en el monte en una especie de guerra de guerrillas y que con fuego graneado continúa realizando disparos a la distancia, poco efectivos, en su huida a través de las redes sociales.

Pero disparos al fin que siguen invitando a la confrontación en una zona donde la mayoría ondea las banderas blancas del amor y paz.

Otros, los vivillos de siempre, ya se suman con su voces y su pluma a la defensa de esta obra coral que es la cuarta transformación. Conozco a varios por acá en el rumbo que, de pejefóbicos declarados, hoy son chairos orgullosos.

Ahora no aceptar la realidad tal y como es, nos lleva irremediablemente a la frustración, “superar esas quimeras es madurar y encontrar por fin una serenidad real y duradera”, recomienda la sicología de bolsillo documentada en el Wikipedia.

Los aferrados al pasado en su huida por la selva, un miedo infundado a la venganza propio de su ideología política, se han asido a un vehículo de “salvación” desde el cual, para desprestigiar al contrincante, se usan los adjetivos que se usaron en su contra: corruptos, mafiosos, fraudulentos, inmorales y un largo etcétera de calificativos que se ganaron a pulso por años y que la población usó para quitarles el poder a través del voto.

Según esta lógica, AMLO se está convirtiendo en lo que eran ellos; el cambio es más de lo mismo, dicen, de lo propio; lo que antes no aceptaban, hoy es verdad incuestionable: Bartlet corrupto y autor del megafraude electoral que impidió a Cuauhtémoc Cárdenas llegar a Los Pinos; la maestra Elba Ester Gordillo es corrupta y debe continuar en prisión. La Cuarta Transformación es la refundación del PRI, afirman, leyendo su bola de cristal en tiempos de tecnología digital.

Y aquí lo que hay que entender es que AMLO no es un priísta y hasta hoy sigue representando la esperanza de millones para construir un país mejor. Para aquellos aferrados al pasado, y para algunos morenos que no han entendido aún, el proyecto de nación que no ha iniciado, continua firme.

Esto quedó claro en el discurso de AMLO al recibir la constancia de mayoría y de presidente electo: combate de frente a la corrupción y respeto a todos los poderes.

Acá por el rumbo, ya andan unos aceleraditos, con conductas paranoides que sólo expresan la no aceptación de la realidad, buscando reconocimientos, trazando negocios personales y negociaciones para continuar en lo mismo.

Y ya hay voces dentro de Morena que piden a los morenos que no se critique a los electos que gustan de reuniones en lo oscurito. Ante lo que parecen conductas extrañas a la cultura de izquierda se pide silencio. Disciplina partidaria, no critica, no debate, en aras de la construcción de consensos, acuerdos, en contra de lo que demandó la ciudadanía el primero de julio: transformación.

La pregunta para estos caciques, viejos jefes tribales de una cultura que se niega a desaparecer es: ¿Y entonces, para qué fue el cambio? ¿Para continuar igual?

Incluso, este comportamiento, entre los negociadores y los que quieren seguir el mandato del primero de julio, ya deja ver fisuras dentro de Morena Guerrero.

¿Seguirá Morena la guerra tribal de baja intensidad para autoconstruirse en el nuevo PRD? No hay que olvidar que algunos de los que impulsan la vía de los encuentros, ya fueron gobierno y gobernaron mal, y traen ADN del PRD. Seguiremos observando y opinando. Hoy mucho menos que antes hay que decir no a la censura. El amanecer dejó de ser una tentación. Es toda una realidad.