Es la hora del diálogo y la civilidad

En el sexenio de Andrés Manuel López Obrador “abundan las ocurrencias, las equivocaciones, la inexperiencia”, dice y repite la sobrina de Carlos Salinas de Gortari, Claudia Ruiz Massieu, en su periplo por la recuperación de lo que se acabó de perder el 1 de julio de 2018.

¿De qué habla la hija de José Francisco Ruiz Massieu —también víctima de Saturno, su creador el PRI— líder del partido propietario del Copyright del México del desastre que vivimos? ¿Se refiere al proyecto político más imaginativo que se haya construido en el país en las últimas décadas por la oposición de izquierda para rescatar al país de la corrupción y el saqueo realizado por una clase política parasitaria y cínica?

¿Qué es eso de tener ocurrencias, equivocaciones e inexperiencia? ¿Hay que tener ideas, aciertos y experiencia para dejar en bancarrota un país? Yo digo que para esto no. La realidad lo está demostrando. El país se está reinventando a partir de lo que enseña la historia: la longevidad de un proyecto de nación, como cualquier organismo vivo, depende de su alimentación. Y México fue sometido a lo largo de casi 100 años de soledad al saqueo y la desnutrición.

Comprendo a Claudia Ruiz Massieu desde una perspectiva feminista y celebró su empoderamiento, el que cada vez tienen mayor número de mujeres de este país de pobres corazones, mujeres de lucha a las que no se le ha regalado nada como a la lideresa del PRI.

Decía, comprendo el trabajo de la joven mujer, pero no comparto la función que se le ha asignado como vocera de la búsqueda de la nueva justicia y la igualdad. Como lo hace mayoría de habitantes de la patria, como esa que rechaza la corrupción en Pemex tolerada por el PRI y PAN, que no entiende su prédica evangélica, que más bien la cuestiona, la señala como disonante y la ubica a ella como parte del grupo que está en el banquillo de los acusados.

Qué difícil papel en esta coyuntura le impusieron representar a Claudia los  hombres priístas, sí los machos de su partido, los que mandan, los dueños y usufructuarios casi únicos de los más de ochenta años de gobierno sin oposición, los que provocaron la crisis que generó la ruptura del viejo sistema.

Si no fuera por la alta responsabilidad y orgullo que significa para una mujer dirigir un partido político —claro, depende de qué institución política se trate— podría concluirse que la dirigencia masculina del PRI, con alevosía y ventaja, ha colocado ahí a la cachorra del salinismo para tratar de solventar una crisis partidista que se antoja insalvable con una intención machista y misógina. Como lo hicieron en su momento con las diputadas Juanitas sólo para aparentar conciencia y cumplir con una cuota de género.

Qué duro para quien nació en el poder, desde el poder, acostumbrada a ejercer el poder, caminar cuesta arriba en este Comala desértico, de tierra rajada, de vacas flacas, donde el viento y el polvo no dejar ver a lontananza.

¿Qué pasó en Tlapa?

Había sucedido en Oaxaca, en Puebla por otro motivo, Guerrero no podría ser la excepción. Es la crispación generada por el cambio en un cuerpo casi muerto que urgía de respiración artificial, y de acciones riesgosas, para no acabarlo de matar.

En Oaxaca, el gobernador Alejandro Murat, hijo de un gobernador saqueador de ese estado pobre, José Murat Casab, que heredó el puesto como un derecho de sangre, fue abucheado vergonzosamente por una multitud de oaxaqueños en todos los eventos donde se presentó el presidente de la República, Andrés Manuel López Obrador. El junior fue rescatado por el presidente de la asamblea sedienta de sangre.

En Puebla, los panistas huachicoleros, abuchearon a los representantes del gobierno federal en la ceremonia fúnebre en honor de la gobernadora Martha Érika Alonso y su esposo el senador y ex gobernador del estado Rafael Moreno Valle. Cuestionable, pero propio de la crispación social y política que vive el país en el umbral del cambio.

En Tlapa, Guerrero, se repite la misma acción que seguirá sucediendo a los ejecutivos estatales y municipales de partidos de la oposición que perdió a nivel federal en todo el país. Y el presidente de la República irá al rescate con lúcida visión política de la realidad.

El delegado del gobierno federal en Guerrero, Amílcar Sandoval, no puede ser responsable absoluto de la reacción de una mayoría ofendida, lastimada históricamente por quienes han gobernado Guerrero durante los últimos cien años.

El gobernador del estado Héctor Astudillo Flores, que fue uno —no recuerdo si el primero o el segundo— de los gobernadores del PRI que reconoció el triunfo de AMLO. También como gobernador de una de las zonas más violentas del país, dio su apoyo a la iniciativa federal de la Guardia Nacional.

Lo sucedido en Tlapa al gobernador, lamentable intento de cancelación del diálogo entre dos fuerzas políticas y dos poderes, víctima de un sector de la población que no busca quién se la hizo sino quién se la pague, no se justifica pero se comprende. 

Morena, partido de oposición en Guerrero, como vanguardia de la transformación en el país debe buscar el diálogo con todos y este comienza con el respeto y la aplicación de la ley.

Y AMLO, los gobernadores, los presidentes municipales son poderes distintos, autónomos. Cada quien con sus áreas de influencia legal. El delegado es un representante del gobierno federal y como tal interactúa en cada entidad bajo la órbita del Poder Ejecutivo. Cada quien en lo suyo, cada quien su espacio de representación, de acuerdo con la voluntad ciudadana.

Es hora de los acuerdos, del diálogo y de la política en Guerrero. La crispación llevaría a la ruptura de la civilidad y a nadie conviene esa vía.