Picotazo Político: Morena
Crimen organizado y desplazamiento en el Pacífico Sur
La Región Pacífico Sur enfrenta una crisis de seguridad de carácter estructural que ha colocado a cientos de comunidades indígenas y rurales en condiciones persistentes de vulnerabilidad, asedio y desplazamiento forzado. La expansión territorial de grupos delincuenciales, en articulación con redes de poder local y economías ilegales, ha derivado en un escenario donde amplias zonas rurales operan bajo esquemas de control criminal, debilitando la presencia efectiva del Estado y erosionando las capacidades de protección institucional.
Los ataques registrados en la Región Pacífico Sur, evidencian no sólo el avance de organizaciones armadas, sino también la incapacidad —y en algunos casos presunta colusión— de las autoridades municipales y estatales para contener la violencia.
La respuesta gubernamental ha sido predominantemente reactiva, temporal y focalizada en operativos de contención posteriores a episodios de alto impacto, sin traducirse en estrategias sostenidas de seguridad territorial, reconstrucción institucional ni protección integral para las poblaciones afectadas.
En múltiples regiones, las policías municipales y estatales han sido rebasadas por la capacidad operativa de los grupos criminales, mientras que existen denuncias recurrentes de omisión, infiltración o cooperación de autoridades locales con estructuras delictivas.
Este vacío de gobernabilidad ha obligado a numerosas comunidades a recurrir a mecanismos de autodefensa, retenes comunitarios y sistemas propios de vigilancia para intentar garantizar su supervivencia ante la ausencia de garantías de seguridad.
La falta de registros oficiales precisos sobre el número total de comunidades afectadas refleja además un subregistro crítico asociado al miedo, la desconfianza institucional y el riesgo de represalias. Organizaciones civiles y de derechos humanos documentan decenas de localidades impactadas y miles de personas desplazadas internamente, lo que configura una crisis humanitaria de baja visibilidad pública pero de alta gravedad territorial.
En Chiapas, la violencia vinculada a disputas territoriales, control de rutas y presencia de grupos armados ha provocado múltiples eventos de desplazamiento forzado que afectan a más de 15 mil personas indígenas. Municipios como Pantelhó se mantienen en una situación de conflictividad permanente, donde comunidades como La Esperanza y El Carmen han sufrido incursiones armadas reiteradas.
En la región Altos, localidades de Chenalhó, Chamula y Oxchuc han reportado ataques directos contra viviendas, mientras que en municipios como Nicolás Ruiz y Venustiano Carranza las comunidades han reinstalado mecanismos de seguridad comunitaria ante la insuficiencia de la protección estatal.
En Guerrero, particularmente en la Montaña Baja, el deterioro de las condiciones de seguridad muestra una escalada cualitativa en las capacidades de los grupos criminales, incluyendo el uso de drones con explosivos y tácticas de hostigamiento sistemático.
Comunidades como Tula, Xicotlán y Acahuehuetlán han sido objeto de ataques recurrentes atribuidos a organizaciones como Los Ardillos y Los Tlacos, afectando de manera diferenciada a poblaciones nahuas, mixtecas, tlapanecas y amuzgas. La persistencia de estas agresiones revela la ausencia de una estrategia efectiva de control territorial por parte del Estado.
En Michoacán, alrededor de un centenar de comunidades originarias de la Meseta Purépecha y la Cañada de los Once Pueblos enfrentan condiciones de presión criminal permanente.
Destacan las denuncias de ataques atribuidos al Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG), así como señalamientos de complicidad de corporaciones municipales.
Casos recientes en Acachuén, Chilchota y Chinicuila muestran patrones de violencia orientados al control territorial, intimidación comunitaria y desplazamiento poblacional mediante incursiones armadas, destrucción de viviendas y agresiones contra comuneros.
Por su parte, Oaxaca presenta una convergencia entre conflictos agrarios históricos, disputas por recursos naturales y penetración del crimen organizado. Más de 70 ataques contra comunidades y organizaciones indígenas han derivado en el desplazamiento de más de 10 mil familias.
La Región Triqui continúa siendo uno de los principales focos de violencia político-criminal, mientras que en zonas mixtecas y de Chimalapas persisten incursiones armadas, quema de viviendas, amenazas y asesinatos vinculados tanto a grupos criminales como a intereses sobre explotación forestal y control territorial.
El patrón común en estas entidades es la persistencia de territorios rurales donde el Estado ha perdido capacidad efectiva de garantizar seguridad, justicia y libre movilidad. La intervención federal suele producirse únicamente después de episodios críticos y sin mecanismos duraderos de estabilización territorial, lo que provoca ciclos recurrentes de violencia y desplazamiento.
Las demandas comunitarias se orientan no sólo al despliegue de fuerzas de seguridad, sino al establecimiento de mecanismos integrales de pacificación, protección colectiva y reconocimiento de los sistemas normativos y de autogobierno indígena.
La ausencia de una política de seguridad rural con enfoque territorial y comunitario mantiene a amplios sectores de la población indígena en una condición prolongada de indefensión frente al avance del crimen organizado y la fragmentación institucional.
Es muy filoso el viento que provoca la marcha de la herrumbre, diría la abuela.