Información y coronavirus

En toda situación de catástrofe, el periodista, está para auxiliar con su información a la población. Es el más apremiante criterio ético del momento. En esas circunstancias la información llega a ser un recurso indispensable, como el agua o los alimentos.

El mejor servicio que hace un periodista a la sociedad es informar con rigor, al margen del apresuramiento y la ligereza. Cuando las noticias tienen que ver con la vida o la muerte de las personas en las grandes catástrofes, los deberes éticos aparecen, inquietantes y cuestionadores.

El periodista estaría obligado a buscar un justo medio, de modo que no sólo abra los ojos de la audiencia a la realidad catastrófica, sino que estimule la esperanza al mostrar y demostrar que hay posibilidades.

En situaciones de catástrofe o emergencia, un periodista se mueve entre dos extremos: el de la palabra que oculta y que estimula la pasividad y la que alarma y produce miedo o pánico. Cuando la información puede salvar vidas, la credibilidad del periodista es asunto de vida o muerte.

Tampoco se debe perder de vista que tanto el periodista como las entidades en las cuales desempeña su trabajo, son instrumentos de poder, son medios y muchos de ellos están se constituyen precisamente como eso: como medios, como instrumentos de poder donde lo primordial es la propaganda.

El periodismo y el poder tanto en  México como en Guerrero, sostienen una relación compleja en la cual las audiencias salen perdiendo.

La crisis sanitaria del coronavirus lo hace más evidente. El poder en Guerrero, se apoya en un grupo de whatsapperos (que no necesariamente reporteros) para transmitir y alentar el odio hacia el gobierno federal, aun cuando en los actos oficiales se presume armonía.

Estamos viviendo una aceleración del acostumbrado canibalismo en la esfera política y en las redes sociales. La idea es minar las posibilidades de un nuevo éxito electoral de Morena o de AMLO en el 2021.

No hay explicación técnica o científica que valga, para los contrario al mandatario, la tragedia que se avecina ya tiene nombre y apellido tabasqueño, así esté sucediendo en el resto del planeta. El propósito final es celebrar el cumplimiento, por fin, de la negra profecía que habían anticipado con respecto a AMLO.

En realidad, antes de que estallara la afectación de la pandemia, la confrontación ya escalaba. Independientemente de las razones que les asistan a cada parte, todas han contribuido a generar un clima asfixiante, tóxico, de linchamientos y provocaciones incendiarias. Se han enfrascado en un intercambio de insultos que no solo excluye a la razón, pareciera que no se trata de argumentar sino de descalificar, denigrar al oponente. Las dos partes se convocan mutuamente a una tregua sin darse tregua.

El Periodista, su presencia y trabajo se han vuelto parte de un negocio, o de un proceso de creación de imagen, la motivación para estar allí se reduce a los términos elementales de obtener circulación o sintonía y de hacer negocio con el sufrimiento ajeno.

Cuando la información puede salvar vidas, la credibilidad del periodista es asunto de vida o muerte.

No basta estar allí ni disponer de todos los elementos técnicos para investigar y difundir la información; el periodista debe ser alguien a quien se le cree y en quien las audiencias confían. El charlatán profesional del entretenimiento y de la información ligera poco o nada tiene que hacer en una catástrofe.

Esa indispensable credibilidad se mantiene, sobre todo, con una información sólida. Y, por el contrario, la debilitan los rumores y las noticias sin fundamento, que se vuelven contra el periodista y su medio, cuando queda al descubierto su falsedad.

El periodista sabe que la noticia son los hechos, él es solo un intermediario. El ego, las muy personales opiniones son intrascendentes ante los datos de una realidad.  La soberbia de imponer nuestra muy personal visión, es humillada cotidianamente por todo aquello que no alcanzamos a develar, demostrar, probar, conseguir, desenterrar. Se puede tener ego, pero este vale cero sin ángulo novedoso, sin valor agregado, sin nada qué revelar.

Los periodistas somos lo que publicamos, ni más ni menos, nunca somos tales por barbear los pies del poderoso, a menos que solo espera recibir en lugar de escribir. Ni siquiera somos lo que preguntamos. El esfuerzo no se publica.

Hay quienes desde el poder están alentando el odio irracional olvidando que el enemigo en este momento es el coronavirus. Hay quienes utilizan la aparente crítica y disidencia para ocultar su ambición de poder. Evitemos ese juego perverso.

Los más en engañoso es el saludo de un político empoderado, de un poderoso sin freno o de un  manipulador diría la abuela.