Elegir con ira

El deterioro de la seguridad pública se profundiza de manera incesante. Las respuestas son retórica y están lejos de lo que pudiéramos desear la mayoría de los ciudadanos. Aunque hay reclamos e diferentes tonos, no se percibe decisiones que por lo menos contengan este ambiente de crispación.

Una parte de este fenómeno se explica por las campañas de guerra sucia a la que cual son muy afectos los mercadólogos políticos. Regodeándose en su éxito, pierden de vista que terminan enfrentando a la sociedad a diferentes niveles. Se desatan pasiones, fanatismo y actos irreflexivos entre los seguidores.

Los políticos caen en la descalificación y el insulto y, cuando llegan a hacer propuestas, resultan vagas y generales además de que se diluyen en la desaforada intención de propiciar el repudio hacia el oponente.

Los candidatos presidenciales han venido hablando de dogmas, más que de ideas. Ya no se trata de exponer ideas sino de agredir verbalmente al otro e incluso, de manera velada, se propicia la agresión física.

El odio y la violencia no son un fenómeno en abstracto, sino algo muy concreto cuya estela fatal se encuentra a la vista de todos. Grupos sociales que deciden tomar la justicia en mano propia  ante la incapacidad manifiesta de las autoridades. Grupos de jóvenes desideologizados que se asumen como anarquistas y vuelcan sus resentimientos sociales contra el mobiliario urbano, como si personificaran al gobierno ahí; contra las instalaciones de empresas y bancos como si en ellos tomaran forma física los dueños del dinero.

En ese marasmo se la abre la oportunidad a bandas del crimen organizado para entrar en acción.

La violencia que intimida a candidatos, a quienes no aceptan tratos con las mafias, o quienes son atemorizados porque las atrocidades aterrorizan al resto de los candidatos.

En Guerrero y Oaxaca en el sur, Michoacán y Jalisco en el centro; Tamaulipas, Sinaloa y Chihuahua, en el norte la estadística de los asesinatos presente pronunciadas puntas que parecen o alcanzar su nivel máximo.

Suman cerca de un centenar los políticos de diferente nivel que se han vuelto blanco de la violencia criminal.

Y a la par se pone de manifiesto un Estado cada vez más débil y cómplice, lo que debería alertar a todas las oficinas de seguridad nacional pues cuando se siente acorralado, hace uso del recurso que todas las sociedades le confieren: el uso de la fuerzas para salvaguardar las instituciones, mismas que han venido siendo corridas por la propia clase en el poder.

La violencia criminal que está impactando al proceso electoral tiene el componente de la delincuencia organizada y el de una sociedad enardecida para la propaganda sucia a la que han recurrido todos los partidos. Y es todo es conjunto lo que está degradando a la incipiente democracia en México.

Se están perfilando batallas que no son circunstanciales sino preparadas. En ellas, la intención no será  poner orden sino la defensa a ultranza del poder.

El odio es como un bumerang de mil aguijones, un fuego que extiende fuego diría la abuela.