Ardores letales

Los incendios forestales son más que un fenómeno cíclico o incidentales. Lo ocurrido durante el último mes pone de manifestó que se trata de un asunto de seguridad nacional y que la delincuencia organizada no es la única amenaza en ese sentido. Los incendios forestales podría ser una de las expresiones de poder del crimen organizado pero también nos indica los niveles preocupantes que toma la depredación del medio ambiente.

Existen indicios que llevan a la conclusión de que se trata de una práctica recurrente en la zona que incluye incendios provocados y cambio ilegal de uso de suelo para comenzar a practicar la agricultura.

La distribución geográfica ha sido clave para reconocer que no se trata de inocentes fogatas o colillas de cigarros sino de un plan articulado y de patrones constantes.

El reporte de la Comisión Nacional Forestal (Conafor) indicó que del 1 de enero al 9 de mayo de este año, es decir, en cuatro meses, se habían registrado 4 mil 425 incendios forestales en 30 entidades federativas, afectando una superficie de 152 mil 952 hectáreas, según datos oficiales.

Hasta marzo, en el estado de Guerrero ocurrieron 68 incendios forestales que han dañado poco más de 3 mil 645 hectáreas de zonas de arbustos y pastizales.

Acapulco encabeza los municipios con mayor número de incendios forestales y urbanos.

Pero Entre abril y la fecha hubo conflagraciones importantes como en el cerro del Huixteco Municipio de Taxco de Alarcón, con una afectación de 200 hectáreas; en el Parque Nacional El Veladero, en Acapulco con 60 hectáreas afectadas; en El Calvario, municipio de Chilpancingo con más de 800 hectáreas como saldo preliminar.

En términos del medio ambiente, las pérdidas económicas son difíciles de cuantificar pero es evidente que la quema de grandes extensiones de vegetación, tiene un altísimo costo por las emisiones de gases de efecto invernadero, la degradación de los suelos y la cobertura vegetal, los daños directos e indirectos que causan a la flora y la fauna e incluso, en casos graves, los peligros hasta mortales que conllevan para las poblaciones humanas.

Lo preocupante es la actitud omisa en que están incurriendo los tres niveles de gobierno. Es un vacío institucional frente a este problema lo cual no solo incrementa la factura del desastre sino que constituye un factor determinante en los desastres futuros.

El saldo preliminar de los incendios forestales registrados del 1 de enero a la fecha permiten vislumbrar posibles líneas de acción como el plantear un sistema de preservación forestal, redefinir la cultura y los protocolos de protección civil y, en general, estructurar una adecuada gestión de riesgos, dotado de equipos modernos y coordinación centralizada.

Un punto importante es no confundir la austeridad con la precarización de los recursos financieros institucionales. La austeridad no es equivalente a instituciones financieramente inoperantes

También hace falta el diseño de políticas públicas para atender los efectos laterales de este tipo de siniestros. No solo se pierden recursos naturales, fauna o sembradíos, no solo se afecta el hábitat de los animales sino el de las personas que viven alrededor, los daños también repercuten a las comunidades aledañas, los empleos, la salud y la economía de México.  Es necesario concientizar sobre la cadena de riesgos que pueden ocasionar.

Una zona que resulta afectada no solo se enfrenta a la pérdida de vegetación o animales, también a la del suelo, el recurso más valioso, sobre todo si se trata de un espacio para la agricultura. La pérdida de los suelos es clave pues cuando se atrofia, tarda varios años en recuperarse. El fuego genera erosión y esto impide la siembra, cuando hay no hay siembra el ecosistema cambia y la cadena productiva del campo también, en muchos cambios, estos cambios son definitivos.

Toda leña retorcida es alimento para el fuego, diría la abuela.