TMEC Y EL DESARROLLO DEL SUR

La firma del protocolo de modificatorio al Tratado Comercial de América del Norte, T-MEC, representa un hito. No tanto por los cambios realizados en su estructura, pues en realidad lleva un fuerte espíritu proteccionista, sino por la coyuntura en que se da, tanto por lo interno como por las afectaciones geoeconómicas y políticas cuyas dimensiones surgidas desde la irrupción de Donald Trump en la escena política merecen un seguimiento cuidadoso.

La ratificación del TLCAN, ahora como T-MEC, es quizás el logro más significativo del Gobierno de la Cuarta T. Es también, el de mayor aceptación, en la medida que dará aliento al crecimiento económico y al empleo.  Contribuirá, así, a hacer viable –en el mediano plazo- el proyecto nacional en curso que, por esta asignatura pendiente y por la inseguridad, estaba ya en zona de riesgo.

Para subrayar la importancia de este acuerdo comercial bastan dos datos: a pesar de que México tiene acceso a un mercado de más de mil millones de consumidores en el mundo, gracias a que tiene convenios comerciales con 46 países, por el volumen de negocio, el tratado con los vecinos del norte es el más importante.

De cada 100 dólares de intercambio comercial de México, 66 dólares son con Canadá y Estados Unidos, equivalente al 48 por ciento del producto interno bruto (PIB) nacional.

El impacto en la política nacional es trascendente. Pero este instrumento no solo se reduce al intercambio de mercancías y la producción de bienes y servicios.

La trascendencia más importante radica en como el instrumento favorecerá a la multiplicación y la distribución de la riqueza en México, lo cual, a su vez, implica corregir las asimetrías económicas y sociales que existen en el territorio nacional. En suma, qué tanto sería útil el T MEC para para que el gobierno de la 4T cumpla con su axioma de “primero los pobres.”

Esto tiene que ver con la visión de región que porta el actual gobierno y las zonas territoriales que se verán favorecidas con el nuevo acuerdo comercial. Es entendible que no exista homogeneidad, pero ello no justifica que los beneficios no lleguen a otras zonas.

El gobierno actual y su Cuarta Transformación están viendo más al mercado interno que la exportación. Es un modelo diferente que el iniciado por Carlos Salinas y seguido por Ernesto Zedillo, Vicente Fox, Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto.

Pero no es tarea fácil corregir las asimetrías regionales y es que la misma condición de pobreza en que se encuentran, se vuelve un obstáculo para la integración en la dinámica económica de este acuerdo comercial.

El índice de Gini o coeficiente de Gini es una medida económica que sirve para calcular la desigualdad de ingresos que existe entre los ciudadanos de un territorio, normalmente de un país.

El valor del índice de Gini se encuentra entre 0 y 1. Siendo cero la máxima igualdad (todos los ciudadanos tienen los mismos ingresos) y 1 la máxima desigualdad (todos los ingresos los tiene un solo ciudadano).

De acuerdo con este indicador, durante la vigencia del TLC los estados de Quintana Roo, Sinaloa, Ciudad de México, Querétaro, Nuevo León, Coahuila, Sonora y Chihuahua alcanzaron una reducción de la desigualdad promedio de 20 por ciento.

En el “Ranking de intensidad” por debajo de los 5 puntos porcentuales exportador versus “Reducción de la desigualdad” y, por consiguiente, donde hubo pocos cambios, se encuentran Oaxaca, Baja California Sur y Chiapas. Guerrero y Michoacán se ubican cercanos a los 10 puntos.

el nuevo tratado comercial con Estados Unidos y Canadá es la última llamada para que las entidades federativas del sureste se enganchen en el tren de la competitividad y del desarrollo.

Se antoja difícil la tarea, porque el TLCAN y el T-MEC van a seguir favoreciendo las cadenas de autopartes y automotriz, la electrónica y, en menor medida, la hilo-textil y de confección y la aeronáutica.

Son los más favorecidos en materia de aranceles y de una profunda integración regional. Hay que recordar que, en la automotriz, México saltó de 120 mil trabajadores a 550 mil y que esa tendencia va a continuar.

Una de las enseñanzas más importantes del índice GINI es que cuando una economía estatal o regional está orientada a la apertura y al comercio exterior, es más susceptible de superar el rezago social, los gobernadores deben entender que la competitividad de su estado depende de las políticas internas y de promoción que realicen, y no sólo del entorno macroeconómico.

La pregunta que surge es si Andrés Manuel López Obrador y su equipo económico entenderán que no es suficiente combatir la corrupción oficial: hay que impulsar a los sectores productivos para que no solo exista crecimiento, sino desarrollo económico.

Avellanas vanas, hacen más ruido que las sanas, diría la abuela.