Cuando lo demás es lo de menos

De plano ya no sabe uno si llorar, reír, o maldecir. Una vez más, pero nunca tan lamentable como en esta, vemos la procesión y nomás no nos hincamos. Parece que en este país, lo demás siempre termina siendo lo de menos.

Un clarísimo ejemplo son las reformas a la reforma educativa.

Pasamos mucho tiempo discutiendo a favor o en contra de la reforma del gobierno de Enrique Peña Nieto, para terminar con una reforma que no dejó contento ni satisfecho a nadie, bueno quizá a Nuño, aunque nunca aprendió a ler.

‘Es una reforma laboral y punitiva’, opinaron muchos. ‘Mejorará de fondo la calidad de la educación pública y el nivel de los maestros’, declaró el gobierno peñista.

Pero luego ganó López Obrador con una ventaja histórica. El principal detractor de la reforma mal llamada educativa, esa ley que dividió a la sociedad y maltrato la dignidad de los maestros, contraria a los postulados que promueve la Cuarta Transformación del país.

‘Seguro habrá cambios radicales, un paradigma para la nueva realidad’, pensaron muchos. ‘Vemos’, dudaron otros.

Pero hasta ahora parece que seguiremos más preocupados y ocupados en lo adjetivo, que en lo sustantivo.

Primero, porque se supone que el propósito de la educación es contribuir a formar ciudadanos libres, participativos, responsables e informados, capaces de ejercer y defender sus derechos, que participen activamente en la vida social, económica y política de México.

Segundo, porque si AMLO de veras quiere lograr su Cuarta Transformación, y los mexicanos de veras queremos cambiar de fondo la realidad, necesitamos desterrar malos hábitos, aprender buenos y practicarlos.

Y para entender y asumir nuevas actitudes y costumbres es indispensable reeducar.

La primera pregunta para saber qué reformas en la educación necesitamos tiene una respuesta muy concreta, pero nada sencilla: ¿cómo deben ser los mexicanos que queremos formar?

“Nos enfrentamos a la necesidad de construir un México más libre, justo y próspero, que forma parte de un mundo cada vez más interconectado, complejo y desafiante”, dice el documento ‘El Modelo Educativo en México: el planteamiento pedagógico de la Reforma Educativa’.

Elaborado por el Instituto de Investigaciones sobre la Educación de la UNAM, el trabajo destaca que “una educación integral, como la que se debe impulsar, es la que hace posible que el amor a México se traduzca en una convivencia más armónica, en un mayor respeto a los derechos humanos y el Estado de Derecho, en el aprecio, cuidado y racional aprovechamiento de nuestra riqueza natural”.

En cualquier circunstancia, el desafío sería enorme. Pero pocas tan adversas, complicadas y urgentes como la que vive México en estos días.

Porque la violencia y la muerte ya define a una generación de jóvenes, esa generación de la que los candidatos siempre hablan en sus campañas, jóvenes que necesitan reaprender a vivir en paz y sin miedo; porque el dinero, el poder, la fama, la apariencia física y el éxito sin mérito, valen más que le inteligencia, el esfuerzo, la solidaridad y la honradez; porque la política es sinónimo de corrupción y cinismo; porque aprendieron a ver su país como una especie de Estados Unidos tropicalizado.

Qué bueno que el gobierno, los sindicatos y los legisladores estén tan preocupados y ocupados en la evaluación a los maestros, el ingreso al servicio docente y la promoción de cargos directivos, por los derechos y conquistas contractuales, o “la dotación de útiles escolares, uniformes y calzado”.

Pero ojalá que gobierno, maestros, y legisladores, entiendan que la reforma educativa demanda mucho más esfuerzo, talento, compromiso, trabajo y responsabilidad que los demostrados hasta el momento.

Para que lo demás no termine siendo, como, siempre lo de menos.

[email protected]