Resetear la cultura de la pobreza

En 1987, en su primer discurso como gobernador del Estado, José Francisco Ruiz Massieu recordó a la Federación que Guerrero seguía estando “en el cabús del desarrollo nacional”.

Que el Estado era uno de los tres más pobres de México.

El reproche era necesario para llamar la atención del Gobierno Federal y reclamar más apoyo y presupuesto para Guerrero.

Por eso, en los primeros meses de su administración, Ruíz Massieu repitió muchas veces las mismas frases.

Que Guerrero era un estado pobre, pobre entre los pobres.

Lo repitió tantas veces, que en una ocasión me atreví a comentarle que si seguía haciéndolo, aunque fuera real la pobreza en términos económicos, se empobrecería también el espíritu y autoestima de la gente.

En esos años, se hablaba mucho de programación neurolingüística y era común afirmar que a través del lenguaje se podía afectar los pensamientos y hábitos de una persona o una sociedad.

Al paso de los meses que siguieron, lo que temía, sucedió.

Éramos pobres, pero ahora, en la conciencia colectiva se programó además que la palabra pobreza no sólo definía nuestra condición socioeconómica, sino también una identidad del desamparo, la convicción de que nada podíamos hacer para evitarlo.

No solo al interior y fuera del estado, también en el resto del país y el extranjero, considerar a Guerrero un estado pobre, se volvió la norma.

Tropicalizamos la llamada “cultura de la pobreza”, un modo de vida con estructuras y razones propias que se transmite de generación en generación a través de la socialización familiar.

Y en cascada, calleron un montón de prejuicios, etiquetas y adjetivos contra los guerrerenses: pobres, ignorantes, flojos, conflictivos, desorganizados, ingobernables, violentos, incultos, tontos, sin creatividad, sin talento, sin identidad.

Y peor, que eramos incapaces de conducir nuestro propio destino.

La desazón, el desánimo y la apatía que resultaron de todo esto, nos hicieron presa de políticos irresponsables que no asumen del todo sus obligaciones, delincuentes que se asumen autoridad en pueblos y ciudades, empresas que no respetan el entorno natural o histórico y productos que nos imponen una visión comercial de nosotros mismos.

Los guerrerenses vimos a nuestro estado convertirse en un campo de batalla y a nuestras colonias llenarse de tiendas de Oxxos, y las plazas públicas transformarse en almacenes comerciales.

De tanto escuchar y repetir que estábamos condenados al fracaso, los guerrerenses olvidamos las ideas, hábitos, usos y costumbres que nos hacían únicos, fuertes.

Por eso, en esta nueva etapa de la vida pública que ahora comienza, en este reinicio que en todo el país se pregona como la Cuarta Transformación, Guerrero quizá podría intentar una especie de reseteo.

Dejar atrás la idea de que somos pobres y lo seremos siempre, y empezar a pensar en que somos pobres pero podemos dejar de serlo.

Tenemos condiciones naturales envidiables, propicias para el crecimiento.

Tenemos una historia y una tradición colmada de héroes, grandes personajes, dignos ejemplos de valentía, pero también de capacidad, talento, creatividad e intelecto.

Debemos ser un estado en que la gente conozca mejor su propia historia y se dé cuenta de que tenemos un legado enorme de dignidad.

Dejar de celebrar nuestras tradiciones solo un día del año, y asumirlas como parte de nuestra identidad y carácter.

Y no hablo solo en un sentido patriotero, no se trata de salir mañana con machetes y rifles.

Se trata de consumir lo nuestro, de presumir y promover lo nuestro.

En cada ciudad, pueblo, comunidad y municipio, hay mujeres y hombres que trabajan, construyen, y crean día con día.

Que te reciben y saludan con una sonrisa, que te invitan a su mesa y te comparten de su plato.

De eso es que debemos empezar a hablar, de todos ellos.

Démonos la oportunidad de cambiar el discurso, de construir una nueva narrativa para hablar de los guerrerenses.

Lo necesitamos y merecemos.

Las diferencias políticas e ideológicas pueden continuar y seguramente lo harán, pero la percepción que tenemos de nosotros mismos puede ser mucho mejor si todos creemos en ello.

Seguro muchos pensarán que soy un optimista simplón y pedestre, como esos gurús y coaches de la motivación que tanto desprecia Diego Ruzzarin, y su seguro escribidor también. Pero si no creemos, en cada uno de nosotros, nunca podremos ser el mejor ejemplo de que los guerrerenses no somos como nos pintan.

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