Han transcurrido casi cuarenta años de la primera reforma política-electoral en México, y veinte de que el PRI perdiera la hegemonía en la cámara de diputados y la corrupción de los políticos no sufre cambios, sino por el contrario ha encontrado caminos más sofisticados.

Con la reforma política de 1977, el régimen hegemónico construyó la autopista por donde habrían de circular los partidos de oposición en desigual competencia con el partido del gobierno. Transcurrirían unos cuantos años para que el PRI perdiera presidencias municipales y la gubernatura de Baja California y años más tarde el predominio del Congreso federal y la alternancia en la presidencia del país.

Dos periodos panistas, y el sistema continuó por la misma ruta, con las viejas instituciones que le dieron vida al partido de la revolución, el que, en 2012, regresó por sus fueros, con más bríos, con una nueva camada de políticos, técnicamente más preparados, pero también más proclives a actos deshonestos. Tal es el caso de Javier Duarte, el prófugo ex gobernador de Veracruz, egresado de la Universidad Iberoamericana, con Maestría en Derecho, economía y políticas públicas. Con apenas 37 años de edad recibió la responsabilidad de los destinos de la entidad jarocha en una reñida contienda con el candidato panista de apenas 2.5 por ciento.

Otro caso sonado es el del panista, Guillermo Padrés Elías ex gobernador de Sonora, egresado de la Universidad Humanitas, con posgrado en Administración Pública en el ITAM, prófugo de la justicia por el desfalco a las arcas sonorenses, al que la interpol pretende capturar, para ello ya emitió la ficha roja a 190 países.

El fenómeno de la corrupción no es privativo de un solo partido. Por su parte, el PRD, aquel partido que en 1989 aglutinó a la disidencia priista, ideólogos y luchadores de izquierda bajo el liderazgo de Cuauhtémoc Cárdenas, para expresar y conducir las demandas de los social y políticamente marginados, y que constituyó el fenómeno político de la última decena del siglo XX, también sucumbió a los cantos de la sirena de la corrupción en incontables procesos y administraciones. La última y más sonada, que aún tiene al país en una crisis de descredito mundial es la barbarie de Iguala, donde se evidenció la complicidad criminal del presidente municipal perredista José Luis Abarca y la caída del gobernador Ángel Aguirre.

Por ello, los partidos y sus actores han perdido la confianza de los ciudadanos, quienes voltean la mirada hacia las candidaturas independientes, pero a mi juicio, esa es una salida falsa porque el candidato independiente solo se diferenciará del comportamiento partidista en tanto dure independiente. Lo que corroe al individuo es el poder, luego entonces, lo aconsejable es establecer, como sugiere Douglas North, mejores mecanismos que acoten el comportamiento meta institucional de los actores políticos.