ACAPULCO, Gro., 9 de octubre de 2019.- La avenida Costera llegaba casi hasta la calle Piedra Picuda, pero era la vía más estadounidense en la República Mexicana cuando las semillas privatizadoras del alemanismo comenzaban a dar sus primeros frutos y las uvas de la ira a crecer entre los cerros.

Corría el whisky y el Acapulco Golden comenzaba a construir su buen prestigio después de ser rescatado de los cuarteles de la gleba para ser trasladado a los centros de diversión de los perfumados y grabar su buen nombre en las hojas de la poesía y la literatura.

Los vendedores de alcohol, ceviche y sexo solidifican su prestigio y fortuna en un pequeño pueblo con mar que no dormía de noche ni de día. Iniciaba el mito de la Oligarquía Cevichera.

Guerrero era gobernado por Raymundo Abarca Alarcón, un médico militar y político mexicano, miembro del Partido Revolucionario Institucional (PRI), que ejerció el cargo de gobernador constitucional de Guerrero de 1963 a 1969. Uno de los pocos gobernadores que lograron concluir su periodo sexenal en este estado bronco.

Hubo en ese tiempo un asesinato que se perpetró con saña inaudita por el rumbo de Copacabana que llamó la atención de la prensa nacional.

Un cuerpo descuartizado fue hallado en el fondo de un pozo de agua, tal vez el primer asesinato de este tipo y que años después sería un método de ejecución concurrido por la delincuencia organizada en Acapulco.

También aquí en Copacabana en los años setenta los cuerpos policiacos utilizaron estos pozos como cementerio clandestino para desaparecer a luchadores sociales y guerrilleros en este lugar que, en la actualidad, entre la amnesia y los intereses económicos de los ricos, borra su negro pasado con el pomposo nombre de Riviera Diamante.

El Excélsior, el mejor periódico de la época, envió a su mejor sabueso, su reportero estrella, para escribir sobre el asunto. Con esa misión llegó Carlos Denegri al puerto. Un periodista bien conocido por la clase política local que “no pedía mucho, carajo, sólo que lo dejaran prostituirse a su modo” y a quien Julio Scherer llamó “el mejor y el más vil de los reporteros”, según la investigación novelada escrita por Enrique Serna en El vendedor de silencio (Alfaguara).

El gobernador Abarca Alarcón, más por temor que por amabilidad, instruyó a un cercano colaborador a que atendiera a este beligerante guerrero que usaba la pluma para la mejor o peor causa que determinara el tamaño del sobre amarillo repleto de dinero.

En su corta investigación periodística fue a la oficina del director de la Policía Preventiva y Judicial del estado, Simón Valdeolívar Abarca, el famoso Tuba, hombre de armas tomar, que años después sería uno de los cuatro detenidos como responsables del asesinato del líder de colonos Alfredo López Cisneros, conocido como El Rey Lopitos.

Y como dos agujas no se pueden picar, las puntas rebotaron. Platicaba El Tuba que llegó “el catrincito”, pantalones de lino y camisa hawaiana, zapatos blancos como la espuma, perfumado y lentes oscuros como de piloto de las películas de Hollywood.

Altanero, grosero, prepotente, arrogante y disgustado, pidió los expedientes del caso del descuartizado como si fuera una orden del General, su jefe.

El Tuba Valdeolívar contó que con mucha displicencia lo mandó “a la verga”, sabiendo que a la mejor en unas horas sería despedido de su responsabilidad por la influencia e importancia del supuesto ofendido mandado directo a chingar su madre. Extrañamente no pasó nada.

El periodista hizo un par de notas sobre el asunto del descuartizado, que en una ficha policiaca fue cerrado como un pleito entre veladores que cuidaban unos terrenos vecinos en ese lugar.

Sin embargo, la estancia del reportero Carlos Denegri se prolongó por varios días visitando los atractivos que el puerto ofrecía, claro, con cargo al erario. Francachelas, whisky y putas todos los días en los bares La Marina, Akutiki, La Huerta, fue el complemento del trabajo periodístico del mejor reportero del país de aquel tiempo.

Denegri fue hospedado en el hotel Hilton que estaba a la par del Ritz, propiedad de su amigo Miguel Alemán, al que conocía como El Gran Jefe Pluma Blanca. Era el Acapulco de los gatos de Alemán, los Suárez, los Trouyet, los Azcárraga, los Rosell y de todos los que saquearon a esta perla del Pacífico para determinar su vida de éxito para ellos y varias generaciones más.

Era el puerto con las putas más bonitas de México, que vivían en La Huerta de Don Alfonso Valverde, decía Denegri a sus compañeros de redacción.

Era la época de la Quinta Raquel… No, aún no era el tiempo del polvo blanco, era el de la botella del glenfiddish añejado. La coca llegó con Teddy, como le decía Carlos Monsiváis, a Teddy Stauffer, el del Tequila Agogo. Lugares de paso obligatorio para el periodista, que se abrían como dos largas piernas al placer y al trabajo de Denegri con cargo al dinero público de los guerrerenses.

El último día fue al Armando’s le Club, de Armando Sotres, y en su delirio de alcohol azotó una botella de Moët & Chandon y su sangre corrió sobre la mesa.

— No pasó nada… todos ellos son mis amigos, repetía a los de Seguridad, que lo arrastraban hasta el Cadillac donde lo esperaba el conductor que le puso el gobernador Raymundo Abarca Alarcón.

Y tenía razón, no pasó nada.