Hoja verde
Nepotismo: la herencia del poder
El nepotismo no es una desviación reciente de la política; es, en realidad, un vestigio de las formas más antiguas de ejercer el poder.
Su raíz está en la lógica de la herencia familiar, en aquella idea de que gobernar no es una responsabilidad pública, sino un derecho que se transmite por sangre.
Durante siglos, las monarquías legitimaron esta práctica.
El poder no se disputaba ni se ganaba: se heredaba.
Reyes, príncipes y dinastías sostenían su autoridad bajo el argumento de la “herencia divina”, una construcción ideológica que colocaba a ciertas familias por encima del resto de la sociedad.
Gobernar no era una función, sino un privilegio otorgado por Dios.
En ese contexto, el nepotismo no era corrupción: era norma.
El parentesco definía el acceso al poder, y la cercanía con el monarca abría las puertas de los cargos públicos. No importaba la capacidad, sino el linaje.
Sin embargo, las democracias modernas nacen precisamente para romper con esa lógica.
El principio fundamental es claro: el poder emana del pueblo, no de la sangre. Los cargos públicos no se heredan, se obtienen mediante el voto, la competencia y, en teoría, el mérito.
Pero la historia no desaparece, se transforma.
El nepotismo ha encontrado nuevas formas de sobrevivir dentro de sistemas democráticos. Ya no se justifica con argumentos divinos, sino con estrategias políticas.
Hijos, esposas, hermanos o sobrinos aparecen en las boletas electorales, no por coincidencia, sino como parte de una continuidad familiar del poder.
Aquí es donde surge la contradicción de fondo.
Cuando el poder se transfiere dentro de una familia, la democracia se vacía de contenido.
Aunque existan elecciones, el principio de igualdad se debilita. No compiten ciudadanos en condiciones similares, sino estructuras heredadas frente a aspirantes sin respaldo.
El nepotismo es, en esencia, la monarquía disfrazada de democracia.
Es la persistencia de una lógica antigua en un sistema que, en teoría, ya la superó.
Por eso, combatirlo no es solo un asunto legal o administrativo; es una defensa del sentido mismo de la vida democrática.
Porque mientras el poder siga circulando entre apellidos, la democracia seguirá siendo, en el mejor de los casos, una aspiración incompleta.
Si a alguien le queda el saco...