Victorias pírricas
En Guerrero el despertador suena temprano, pero el cuerpo se levanta cansado. Nos despedimos de nuestros hijos en la puerta del hogar con un abrazo apretado de lo normal y una plegaria en silencio. Caminamos por las calles de nuestra ciudad con la mirada atenta, el paso apresurado y una tensión constante en los hombros. Nos hemos acostumbrado a vivir así, en alerta permanente, como si el peligro fuera parte del clima cotidiano de nuestro estado.
Sin embargo, acostumbrar al cuerpo a sobrevivir no significa que el alma no esté sufriendo. Lo que estamos atravesando como sociedad en Guerrero no es únicamente cansancio o estrés: es un duelo colectivo.
El duelo no sólo aparece cuando un ser querido fallece; el duelo se activa ante cualquier pérdida significativa. La violencia cotidiana nos ha arrebatado de forma paulatina y silenciosa nuestra tranquilidad, la confianza en el entorno, la libertad de habitar nuestros espacios y la certeza de regresar con bien a casa. Y cuando toda una comunidad comparte esa misma herida, el dolor se vuelve social.
Nos repetimos a diario que “hay que echarle ganas”, que “así nos tocó vivir” y que no queda más opción que aguantar. Pero la verdad, esa que sentimos cuando la casa se queda en silencio por las noches, es muy distinta, estamos profundamente cansados. No es un cansancio de los músculos que se quita durmiendo ocho horas; es el agotamiento del alma que lleva meses, o quizás años, sosteniendo un miedo que jamás pidió llevar.
Vivimos en un estado de alerta permanente, respirando una realidad marcada por balaceras cotidianas, cobros de piso que apagan negocios enteros, noticias de desaparecidos que nos congelan la sangre y carreteras que se transitan con el corazón en la garganta. A este dolor que nos envuelve a todos por igual, que invaden nuestras colonias, que nos arrebatan la libertad y que se mete en nuestras casas sin permiso, le llamamos duelo colectivo por violencia.
La regla social en nuestro estado parece ser invisible, pero impecable. “El show debe continuar”. Si la delincuencia toca a tu puerta y te arrebata de forma violenta a un hijo, a un esposo, a un hermano, a tus padres, el mundo no se detiene a abrazarte. El sistema te otorga tres días de permiso laboral, que ni la ley los contempla, tres días que se esfuman en tramites fríos ante el Ministerio Público, velorios apresurados por el miedo y lágrimas contenidas. Al cuarto día tienes que estar de pie frente al escritorio, en el mostrador o al volante. Te dicen: “Échale ganas”, “la vida sigue” y “tienes que ir a trabajar”. Pero nadie se pregunta cómo hace esa madre para sonreírle a un cliente mientras tiene el vientre desgarrado por la ausencia, o cómo hace ese padre para contenerse cuando le arrancaron un pedazo de futuro en un parpadeo. Nos obligan a ponernos una máscara de normalidad sobre una herida abierta por el impacto de la criminalidad.
Es un dolor que no se sana con un “échale ganas”, porque esa frase no es consuelo; es una orden que minimiza el sufrimiento, ignora el horror de la violencia circundante y nos condena a la soledad. Nos han enseñado a esconder el llanto para no incomodar, a tragarnos la rabia ante la impunidad y a seguir caminando como si nada pasara. Sin embargo, el dolor que no se llora no desaparece, se acumula en los hombros, se convierte en insomnio, en enfermedades corporales y en una profunda desesperanza social que apaga la alegría que nos caracterizaba.
Frente a esta oscuridad, es vital saber que existe una disciplina profundamente humana diseñada para sostenernos: la tanatología. Muchas personas piensan que esta rama sólo se ocupa en la muerte física o de los momentos finales de la vida, pero su alcance es mucho más amplio y compasivo. La tanatología es la disciplina que estudia el duelo y nos enseña a procesar cualquier tipo de pérdida significativa; trabaja directamente con el dolor, el vacío, la rabia y la culpa que nos queda después de un evento traumático. La tanatología está aquí para recordarte que no estas solo, que es válido romperse, pero que también es posible volver a armarse, juntos, desde el corazón herido de nuestra gente.
Este espacio, que nos encontrará cada fin de semana, nace con una promesa: ser un rincón sin prisa. Un lugar donde no te pediré que sonrías a la fuerza, sino donde aprenderemos juntos a ponerle nombre a lo que nos duele para poder sanarlo.
ESCRÍBEME Y HABLEMOS: ¿Qué pérdida te está costando más trabajo cargar hoy en día? ¿Qué te gustaría que platiquemos el próximo domingo? Déjame tu comentario aquí abajo o envíame un mensaje privado a [email protected] , en Facebook a Tanatóloga Patty Ugalde, o por WhatsApp al 7442946358. Tu historia será leída con absoluto respeto y total anonimato. No estas sol@ en esta tormenta.
Tanatóloga Patty Ugalde. “Acompañar tu proceso es honrar tu propia historia”.