Gran domingo 25 de octubre
Entregar el celular a un niño para detener un berrinche puede resolver el momento, pero también reducir las oportunidades de aprender a reconocer y manejar sus emociones.
Si tienes hijos pequeños, seguramente has vivido esta escena: estás preparando la comida, atendiendo un pendiente o intentando terminar tus actividades, cuando, de pronto, tu hijo comienza a llorar. Intentas tranquilizarlo, pero nada parece funcionar, entonces tomas tu celular, le pones un video y, en segundos, el llanto se detiene.
Esta es una situación cotidiana, los adultos necesitamos resolver varias cosas al mismo tiempo, pero el problema aparece cuando la pantalla se convierte en la respuesta habitual ante cualquier berrinche, momento de aburrimiento o señal de frustración.
A esta práctica se le conoce como “chupete digital”: utilizar un dispositivo para distraer o calmar a un niño cuando llora, se enoja o no consigue lo que quiere.El teléfono puede tranquilizarlo durante unos minutos, sin embargo, que deje de llorar no significa que haya aprendido a manejar lo que siente.Aprender a gestionar las emociones requiere tiempo, acompañamiento y práctica.
Cuando un niño pequeño se enoja, se frustra o se siente triste, necesita ayuda para reconocer lo que le ocurre, porque todavía no cuenta con las herramientas para manejar por sí solo todas esas emociones.
El adulto cumple un papel fundamental, puede poner en palabras lo que el niño siente, establecer límites y acompañarlo mientras recupera la calma.Si cada episodio de malestar se resuelve automáticamente con una pantalla, el menor puede perder oportunidades de practicar estas habilidades.
Esto no significa que una ocasión frente al celular vaya a perjudicar su desarrollo. Lo importante es observar la frecuencia, la duración y el lugar que las pantallas ocupan en la vida cotidiana.
Cuando la pantalla se convierte en costumbre
La preocupación no es solamente que los niños pasen tiempo frente a un dispositivo. También importa para qué lo utilizan y qué otras experiencias dejan de tener.
Un estudio publicado en la revista científica Frontiers in Child and Adolescent Psychiatry examinó la relación entre el uso de dispositivos para calmar a niños pequeños y sus dificultades posteriores para regular las emociones.
La conducta infantil depende de múltiples factores, entre ellos el entorno familiar, el temperamento y las experiencias cotidianas.En la primera infancia, jugar, conversar, explorar y convivir con otras personas son actividades esenciales para el aprendizaje.
A través de ellas, los niños amplían su vocabulario, desarrollan sus habilidades motrices y aprenden a relacionarse con los demás. También descubren que pueden aburrirse, esperar, equivocarse y volver a intentarlo.
Cuando el entretenimiento digital ocupa demasiado espacio, algunas de estas experiencias pueden quedar desplazadas.
Lo que los niños necesitan aprender
Un niño que hace un berrinche no siempre busca desafiar a sus padres. A menudo está expresando una emoción que todavía no sabe cómo manejar, por eso, la respuesta adulta importa.
En lugar de entregar inmediatamente el celular, podemos acercarnos, escuchar, nombrar lo que sucede y establecer límites con calma. No se trata de evitar todas las frustraciones, sino de acompañar a los niños mientras aprenden a enfrentarlas.
Esto tampoco significa que los padres deban conseguir que sus hijos dejen de llorar de inmediato. A veces el niño necesita tiempo para tranquilizarse, incluso cuando un adulto está a su lado.
La presencia de un adulto no elimina todas las emociones difíciles, le permite al niño aprender, poco a poco, que puede atravesarlas sin tener que escapar de ellas.
¿Qué podemos hacer en casa?
Leerles un cuento, dibujar, jugar con plastilina, construir con bloques o salir a caminar son actividades que permiten compartir tiempo y explorar el mundo sin depender de una pantalla. Esto también ayuda anticipar las situaciones difíciles.
Y cuando el cansancio nos rebasa, conviene recordar algo: ningún padre o madre tiene que resolver cada situación de manera perfecta.
El objetivo no es prohibir toda pantalla ni generar culpa por haber recurrido a ella. Se trata de evitar que se convierta en la única herramienta para calmar, entretener o acompañar a los niños.
Las recomendaciones sobre el uso de pantallas en la infancia varían según la edad y el tipo de contenido. La Asociación Española de Pediatría (AEP) ha publicado orientaciones para reducir la exposición durante los primeros años de vida, pero más allá de las recomendaciones concretas, las familias pueden hacerse una pregunta sencilla: ¿estamos utilizando la tecnología como una herramienta o se está convirtiendo en nuestra respuesta automática ante cualquier emoción difícil?
La diferencia importa
Un celular puede distraer a un niño, pero no sustituye el aprendizaje que ocurre cuando un adulto lo escucha, le pone palabras a lo que siente y lo acompaña mientras recupera la calma.
La próxima vez que aparezca un berrinche, quizá podamos hacer una pausa antes de desbloquear la pantalla.
No siempre será fácil ni funcionará de inmediato, pero, en esos momentos, también se construyen las herramientas emocionales que los niños necesitarán durante toda su vida.