La Ley sin contemplaciones

Cuando Luis Echeverría Álvarez fue presidente de México (sexenio 1970-1976), las guerrillas de Genaro Vázquez y Lucio Cabañas llegaron a su apogeo, y luego decayeron con la muerte de los dos guerrilleros. Fue cuando Acapulco y los municipios de la Costa Grande recibieron una inversión en obras por parte del gobierno federal que palió la pobreza de millares de guerrerenses.

Las colonias populares de Acapulco, enormes predios con vista al mar invadidos por líderes protegidos por el PRI, fueron urbanizadas. Se pavimentó con concreto hidráulicos las calles y aceras, se les dotó de electricidad y agua potable; se construyeron escuelas, parques deportivos y se les entregó gratuitamente los predios en propiedad, ya escriturados por notario público.

Así, las colonias Morelos, Palma Sola, La Laja, La Jardín (en sus varias secciones) y etcétera se convirtieron en asentamientos de clase media-baja emergente, y lo que en un principio fueron jacales, se convirtieron en construcciones sólidas, con patios y jardines, y claro está, el automóvil en el garaje como distintivo del progreso, pero no hay que olvidar que Acapulco era el principal centro turístico del país y había empleos para todos.

En el sexenio presidencial siguiente, con José López Portillo aprendiendo a “administrar la abundancia”, se fundó una enorme colonia a la que se le denominó “Ciudad Renacimiento” para dotar de terrenos a quienes invadieron las partes altas, causantes de la contaminación de la bahía acapulqueña, según el gobernador Rubén Figueroa Figueroa  (sexenio 1975-1981). La “ciudad” fue levantada sobre humedales y a la orilla de un río que en temporada de lluvias se desborda.

Además, el gobierno de López Portillo expropió unas granjas frente a Renacimiento y utilizando cerros deshabitados, se logró fundar una populosa colonia, la Emiliano Zapata, también con urbanización de primera.

Mientras eso pasaba en Acapulco, los grupos de guerrilleros urbanos fueron aniquilados, tanto en este municipio, como en el resto del país. Invertir entre los pobres les dio resultado, y siguieron con su estrategia, a tal nivel, que en Acapulco hay en la actualidad más de mil quinientas colonias populares.

¿Por qué tanto rollo? Porque en esas colonias es donde operan los grupos de narcotraficantes que se pelean la “plaza” de Acapulco y que su beligerancia registra un promedio de seis “ejecutados” al día.

El gobierno federal invirtió entre los pobres para evitar que fueran a la guerrilla. Todo bien al principio, pero la caída de Acapulco como centro turístico, dejó sin empleo a esos colonos, que como sabemos, algunos, una mínima parte, afortunadamente, se enrolaron en el crimen organizado, que asesinan, cobran cuotas a los comerciantes y profesionistas y le están causando un daño terrible a la economía estatal, pues en el resto de la entidad sucede lo mismo.

La solución no aparece: todos los ensayos han fracasado. Hace unos días se instauró un plan para librar de la violencia a cincuenta ciudades del país. ¿Volverán a fracasar? Ojalá no sea así.

Cuando las guerrillas de los años 70 invirtieron miles de millones de pesos en urbanización de las colonias populares. Enrique Peña Nieto, en medio de una gravísima crisis económica, se ha visto en la necesidad de hacer reducciones del presupuesto para el año próximo, por lo que una nueva inversión multimillonaria dónde antes había guerrilleros y posibles guerrilleros y hoy hay narcotraficantes y posibles narcotraficantes no es posible, por ahora, ¿qué hay que hacer? Aplicar la ley sin contemplaciones.