Historia y ambientalismo

Los tres niveles de gobierno (federal, estatal y municipal) le están dando una “manita de gato” al centro histórico de Acapulco. Sí, un centro histórico que durante más de cuatro siglo “ha visto pasar el tiempo”, mucho más que el que “ha visto pasar” la Puerta Real de Alcalá, en Madrid, construida por el rey de España Carlos III en 1778.

A principios de 1565, el militar, cosmógrafo, marino, explorador y religioso agustino Andrés de Urdaneta y Cerain, se paseaba por las calles de Acapulco mientras en una de las playas porteñas (posiblemente la que hoy se conoce como  “Playa Manzanillo”) se construía la flota que zarparía rumbo al archipiélago de las Filipinas para encontrar una ruta de regreso que con el tiempo sería conocida universalmentecomo “Ruta de Urdaneta” o “Tornaviaje.

Cuando terminó la construcción de los barcos, los galeones “San Pablo” y “San Pedro” y las gabarras “San Luis” y “San Lucas”, de 28 metros de eslora cada uno, y cuyo maderamen fue traído de Zacatula (desembocadura del río Balsas) pues en los alrededores de Acapulco no había árboles con maderas aptas para el astillero; así como los herrajes y jarcias que vinieron de España, Urdaneta y Miguel López de Legazpi se hicieron a la mar para hacer historia.

Llegaron a Filipinas en línea recta, con buen mar y mejor viento. Estuvieron en la bahía de Manila cuatro meses y para el regreso, que era problemático, “Urdaneta zarpó de San Miguel, en Filipinas, el 1 de junio de 1565 y puso rumbo nordeste aprovechando el monzón del Suroeste. Ascendió hasta el paralelo 40, donde encontró la corriente de Kuro Sawi, que les llevó por el océano Pacífico hasta el cabo mendocino en California, siendo bautizado así dicho cabo por el propio Urdaneta en honor al virrey Antonio de Mendoza”.

De allí vendría costeando hasta llegar el 5 de octubre al puerto de Acapulco, concretando así el “Tornaviaje”.

A partir de la estancia de Urdaneta, y después las de Alejandro Malaspina  y Alexander von Humboldt, en Acapulco se escribe parte de la historia de México, posiblemente los más bellos capítulos de la historia nacional.

¿Entonces, cómo negarle la calidad de “Centro Histórico” al primer cuadro de la ciudad y puerto de Acapulco?

Pero tenemos que ser más cuidadosos con nuestra ciudad. ¿Por qué demoler la vieja casona de la primera calle de Benito Juárez? Aquí se debió remodelarla, fortaleciendo antes las gruesas paredes de adobes y bajareques y sus techados de tejas, y cambiando por nuevas las maderas apolilladas por el tiempo, para darle espacio a un pequeño museo del viejo Acapulco.

Con el tiempo, se ha destruido lo colonial: el Pozo del Rey en la Plaza Álvarez, la enorme ceiba donde se amarraban los galeones y que estaba en lo que hoy es la Costera, en la parte poniente del Zócalo.

Derribaron en los años 40 del siglo pasado el puente de piedra de la calle 5 de Mayo, el mismo en donde se tendió Morelos para impedir la huida de sus soldados cuando atacó al Fuerte de San Diego; el Pozo de la Nación, obra de Juan Álvarez en el barrio del mismo nombre y otras construcciones simbólicas delAcapulco colonial, como si gobernar fuera estar peleado con el pasado, y a este hay que respetarlo por más ignominioso que haya sido, que no es el caso de Acapulco.

Y están los gobernantes distantes de la naturaleza, y esta es vida, por lo que también están distantes de la vida.

La ceiba a un lado del puente Bicentenario, en la avenida Cuauhtémoc y que tan bien defendió el grupo ambientalista “Guerrero Verdes”, con Domitilo Soto y Mónica Corazón a la cabeza, fue defoliado y secado con productos químicos, como lo antes lo fue un enorme árbol en la parte sólo peatonal de la céntrica calle de La Paz. La ceiba no estorbaba el paso del Aca-Bus, la mataron como muestra del poder gubernamental, a quien nadie, según ellos, debe oponérsele.

La historia y el ambientalismo tienen que arraigarse en Acapulco, y eso lo tienen que entender los gobernantes.Que lo entienda el alcalde como lo debe entender el gobernador.