
Hoja verde
“Bienvenidos, chilangos”
Cuando Acapulco estaba en la cima como centro turístico internacional, los visitantes extranjeros fueronprivilegiados por los hoteleros, comerciantes y demás prestadores de servicios. “Pagan en dólares y no debaten el precio que se les aplica”.
¿De dónde venía ese turismo tan espléndido? De los Estados Unidos, claro está. En aquellos años (décadas de los 40, 50 y 60 del siglo pasado, los europeos sufrieron una guerra devastadora (La Segunda Guerra Mundial, de 1939 a 1945) y al término de esta sus economías, maltrechas, no estaban como para cruzar el océano y venir a nadar a Caleta y admirar la puesta del sol desde Pie de la Cuesta, y por las noches beber cocteles margaritas en los muchos centros nocturnos que entonces ofrecían variedades de primera.
Eran pocos los europeos que visitaban Acapulco, la mayoría ingleses y alemanes, países cuya recuperación crematística fue calificada como “milagrosa”. Se veían uno que otros franceses, italianos y españoles, que venían a México en plan de negocios y aprovechaban la oportunidad de conocer Acapulco, “El paraíso de América”.
Había, también, turismo nacional de clase media alta, que pasaban en el puerto las vacaciones y algunos hasta casa construyeron. Y los multimillonarios mexicanos, casi todos modernos Cresos producto del corrupto y cínico poder político postrevolucionario, y que como clones del mítico rey de Lidia paseaban sus lujos y soberbias por los lugares más caros de la ciudad y puerto. Entre estos Antonio Díaz Lombardo, fundador de “Aeronaves de México, S.A.”, hoy “Aeroméxico”; Aarón Sáenz Garza, exgobernador de Nuevo León, regente de la Ciudad de México y tres veces secretario federal; Ramón Beteta, exsecretario de Hacienda y Crédito Público; Carlos Trouyet, empresario e inversionista bursátil, mentor entonces del joven Carlos Slim, hoy uno de los hombres más ricos del mundo… y muchos más Cresos.
Pero había otra clase de turismo nacional: el chilango, o sea el turismo de escasos recursos económicos, que llegaban a Acapulco en automóviles viejos (“carcachas”) o en los autobuses “Flecha Roja”, cuya chanza popular les colocaba como divisa el “Primero muertos que llegar tarde”.
Estos chilangos llegaban a casas de huéspedes, hoteles baratos y cuando no alcanzaba el dinero dormían en la playa, en el hotel “Camarena” llamado así por la expresión burlesca de los acapulqueños que discriminaban a ese tipo de turismo.
Pasó el tiempo. Cancún, Puerto Vallarta, Manzanillo y Los Cabos, “nos arrebataron” a los extranjeros de espléndido gastar, y en la actualidad quienes hacen sustentable a Acapulco como centro turístico, son nuestros connacionales, especialmente los chilangos de clase media baja, que a las duras y a las maduras no dejan de visitarnos. Cierto, no derrochan el dinero, pues no lo tienen en abundancia, pero entre gastito y gastito se hace una derrama considerable.
Vienen también turistas nacionales de clase media alta, originarios de la Ciudad de México y de otros estados. Muchos de estos tienen “una segunda casa” en Acapulco, y son más “blandos” a la hora de gastar el dinero, pues ellos sí lo pueden hacer.
Hay que estar agradecidos con los chilangos, que por cierto no se ofenden si les llamamos así, a tal grado que lo prefieren como gentilicio sobre “capitalino”, “defeño”, “mexiqueño” y hasta el “mexica” que propone Porfirio Muñoz Ledo. Hay que estar agradecidos, insisto, con los chilangos, pues ellos están salvando a Acapulco de la ruina total.
Un amigo mío, con quien al medio día tomo café y platico casi a diario, me pidió sugerir a las autoridades municipales, por este medio claro, pues personalmente no están a mi alcance, mandar a esculpir una estatua de un turista nacional de pantalón corto, huaraches sobre calcetines, playera de un equipo de futbol y gorra de beisbolista. Colocarla a la entrada de Acapulco, y sobre el bronce de tres metros de alto un letrero que diga: “Bienvenidos, chilangos”.