Atención

Con el propósito de ofrecer una mejor experiencia dentro de nuestro sitio web, le sugerimos que actualice su navegador, ya que usted cuenta con una versión de internet explorer antigua, que ya no tiene soporte por parte de microsoft y que representa un riesgo de seguridad para usted.

Sigue nuestra transmisión en vivo.
Click para seguir la transmisión
x
Foto: Especial

Hontanar/Raúl Pérez García

Raúl Pérez García
 
| 17 de Julio de 2017 | 7:00
 A-
 A+

“Bienvenidos, chilangos”

Cuando Acapulco estaba en la cima como centro turístico internacional, los visitantes extranjeros fueronprivilegiados por los hoteleros, comerciantes y demás prestadores de servicios. “Pagan en dólares y no debaten el precio  que se les aplica”.

¿De dónde venía ese turismo tan espléndido? De los Estados Unidos, claro está. En aquellos años (décadas de los 40, 50 y 60 del siglo pasado, los europeos sufrieron una guerra devastadora (La Segunda Guerra Mundial, de 1939 a 1945) y al término de esta sus economías, maltrechas, no estaban como para cruzar el océano y venir a nadar a Caleta y admirar la puesta del sol desde Pie de la Cuesta, y por las noches beber cocteles margaritas en los muchos centros nocturnos que entonces ofrecían variedades de primera.

Eran pocos los europeos que visitaban Acapulco, la mayoría ingleses y alemanes, países cuya recuperación crematística fue calificada como “milagrosa”. Se veían uno que otros franceses, italianos y españoles, que venían a México en plan de negocios y aprovechaban la oportunidad de conocer Acapulco, “El paraíso de América”.

Había, también, turismo nacional de clase media alta, que pasaban en el puerto las vacaciones y algunos hasta casa construyeron. Y los multimillonarios mexicanos, casi todos modernos Cresos producto del corrupto y cínico poder político postrevolucionario, y  que como clones del mítico rey de Lidia paseaban sus lujos y soberbias por los lugares más caros de la ciudad y puerto. Entre estos Antonio Díaz Lombardo, fundador de “Aeronaves de México, S.A.”, hoy “Aeroméxico”; Aarón Sáenz Garza, exgobernador de Nuevo León, regente de la Ciudad de México y tres veces secretario federal; Ramón Beteta, exsecretario de Hacienda y Crédito Público; Carlos Trouyet, empresario e inversionista bursátil, mentor entonces del joven Carlos Slim, hoy uno de los hombres más ricos del mundo… y muchos más Cresos.

Pero había otra clase de turismo nacional: el chilango, o sea el turismo de escasos recursos económicos, que llegaban a Acapulco en automóviles viejos (“carcachas”) o en los autobuses “Flecha Roja”, cuya chanza popular les colocaba como divisa el “Primero muertos que llegar tarde”.

Estos chilangos llegaban a casas de huéspedes, hoteles baratos y cuando no alcanzaba el dinero dormían en la playa, en el hotel “Camarena” llamado así por la expresión burlesca de los acapulqueños que discriminaban a ese tipo de turismo.

Pasó el tiempo. Cancún, Puerto Vallarta, Manzanillo y Los Cabos, “nos arrebataron” a los extranjeros de espléndido gastar, y en la actualidad quienes hacen sustentable a Acapulco como centro turístico, son nuestros connacionales, especialmente los chilangos de clase media baja, que a las duras y a las maduras no dejan de visitarnos. Cierto, no derrochan el dinero, pues no lo tienen  en abundancia, pero entre gastito y gastito se hace una derrama considerable.

Vienen también turistas nacionales de clase media alta, originarios de la Ciudad de México y de otros estados. Muchos de estos tienen “una segunda casa” en Acapulco, y son más “blandos” a la hora de gastar el dinero, pues ellos sí  lo pueden hacer.

Hay que estar agradecidos con los chilangos, que por cierto no se ofenden si les llamamos así, a tal grado que lo prefieren como gentilicio sobre “capitalino”, “defeño”, “mexiqueño” y hasta el “mexica” que propone Porfirio Muñoz Ledo. Hay que estar agradecidos, insisto, con los chilangos, pues ellos están salvando a Acapulco de la ruina total.

Un amigo mío, con quien al medio día tomo café y platico casi a diario, me pidió sugerir a las autoridades municipales, por este medio claro, pues personalmente no están a mi alcance, mandar a esculpir una estatua de un turista nacional de pantalón corto, huaraches sobre calcetines, playera de un equipo de futbol y gorra de beisbolista. Colocarla a la entrada de Acapulco, y sobre el bronce de tres metros de alto un letrero que diga: “Bienvenidos, chilangos”.