Del chovinismo turístico al político

Los acapulqueños exaltamos con desmesura las bellezas naturales de nuestro puerto, “el más bello del mundo”, que es “la capital mundial del paisaje” con “sus playas de aguas tibias permanentes” y “con un clima privilegiado de un promedio anual de temperatura de 28 grados que significan un verano permanente”.

Cuando en otros destinos de playa hace frío, en Acapulco es un verano fresco. Si por allá se derriten por el calor, en estas playas el termómetro no marca más de lo que debe marcar para mantener “nuestro verano tolerable, ligeramente cálido y que incitan los placeres sensuales”.

Es pues, nuestro chovinismo, que parte de una realidad: Acapulco y sus playas son un compendio de las bellezas marinas tropicales.

Pero cualquier tipo de chovinismo se fundamenta en la desmesura, y es una falta de respeto, una desatención y una descortesía para otros puertos y playas.

Es, por si algo faltara para recalcar su condición negativa, un estado permanente de soberbia, y esta altivez y envanecimiento terminan por castigar. Es una emesis incontenible y de dolorosas arcadas.

Y no hay que ser un sabio para entender que eso fue el principio de la caída de Acapulco como centro turístico, que mantiene su belleza y su clima único, pero que es una ciudad (y puerto) envuelta en la violencia: el crimen organizado sentó sus reales en ella y los tres niveles de gobierno (sobre todo el municipal) no hacen lo suficiente para devolvernos la paz social.

Pero hay otro tipo de chovinismo que nos preocupa: el político, el que proclama que “Acapulco es para los acapulqueños”, que enarbola como divisa que los partidos políticos deben postular como candidatos a presidente municipal y legisladores sólo a los que nacieron en esta ciudad y puerto, “porque los forasteros sólo vienen a medrar económicamente y a conculcar los derechos naturales de los acapulqueños”.

Las leyes marcan que deben ser mexicanos y tener una residencia mínima de cinco años en el municipio.

La credencial para votar que otorga el INE (antes IFE), así como una constancia de residencia que otorga el Ayuntamiento, son más que suficiente para que los mexicanos que cumplan con lo que marca la ley puedan ser candidatos, aunque no hayan nacido en Acapulco.

Por cierto, los embates van dirigidos a casi todos los que “suenan” como posibles candidatos en todos los partidos, pero en especial al diputado local Ricardo Mejía Berdeja, militante del partido Movimiento Ciudadano, originario del estado de Coahuila,  pero con residencia de diez años en Acapulco, y que busca la candidatura a la presidencia municipal.

Este tipo de chovinismo político, nos preocupa, pues nos regresa al Acapulco de principios del siglo pasado, cuando esta ciudad y puerto no tenía más de diez mil habitantes, y cuando ser forastero (“frastero”, en el lenguaje costeño, tan especial) era un estigma social. Preocupa por ser excluyente y porque la mayoría de los aspirantes no nacieron en Acapulco.