Duelos silenciosos: el peso de llorar las pérdidas que la sociedad te pide ignorar
Hay dos textos por los que regularmente se recuerda a Cicerón: Las catilinarias y Las filípicas. En ellos se reúnen los discursos que pronunció, tanto en el Senado como en los comicios. Todos ellos expresan, además de una extraordinaria elocuencia, una profunda convicción en la defensa de la República; de su República, la forma de gobierno que consideraba apropiada para su tiempo.
Los discursos importan mucho, claro que sí. Hoy, en la época de la inteligencia artificial, de las redes sociales, de los videos y los mensajes cortos, en los discursos todavía podemos encontrar las claves y las señales que dibujan la agenda de un gobierno y el posicionamiento de un actor político, de una persona.
Es verdad que la palabra también se ha devaluado, en los tiempos de la posverdad, en la que los hechos objetivos parecen haber quedado de lado. El discurso puede ser considerado sordo o sórdido, por carecer de compromiso, por su falta de rigor, por su superficialidad.
Sin embargo, pese a estas circunstancias, el discurso sigue siendo una herramienta útil en el terreno político. A Cicerón se le recuerda, por ejemplo, por ser uno de los grandes oradores de su tiempo y también un agudo analista de los temas filosóficos. A propósito de la palabra, llegó a pensar: “que la sabiduría sin elocuencia es poco útil para los Estados, pero que la elocuencia sin sabiduría es casi siempre perjudicial y nunca resulta útil”. Una enunciación que convoca a valorar los discursos, además de las buenas formas en su pronunciación, siempre desde el armonioso equilibrio entre forma y fondo.
Hace unos días, por ejemplo, la presidenta de México pronunció un discurso en el contexto del aniversario de su triunfo electoral. Para el curioso espectador, el mensaje estuvo centrado en tres temas fundamentales. El primero y principal fue la política exterior, en el que se reafirmó la postura de defensa de la soberanía nacional y el rechazo al injerencismo; el segundo tema predominante fue la reivindicación del modelo humanista en el ejercicio de gobierno, una visión que pondera, en las acciones públicas, a los sectores menos favorecidos; y un tercer tema, también con fuerte presencia, fue la manera en que se gestiona la administración desde la política de austeridad. Está claro que los temas van dirigidos a una ciudadanía que ha representado el apoyo social, no solo en los procesos electorales, sino también en momentos decisivos de la vida pública nacional. Tener como destinataria a la ciudadanía afín tiene un carácter político, pero también es un mensaje enviado a los sectores opositores dentro y fuera del territorio nacional.
La proclama de la presidenta debe ser analizada como una ventana para conocer su postura, sus defensas y los conceptos clave que posiciona, como, por ejemplo: pueblo, soberanía, transformación, defensa y humanismo. Estas palabras no están situadas de forma espontánea, están en el sitio que se desea, aparecen reiteradamente de manera intencional y tienen el objetivo no solo de conectar con el electorado, sino también de enviar un mensaje a quienes le adversan. Pero los discursos tienen una peculiaridad: además de ser una ventana que puede proyectar fortaleza, también dibujan aquello que verdaderamente preocupa. Lo que duele.