Vórtice presidencialista

La desacralización y el abandono de los antiguos rituales del poder, uno de los rasgos que han distinguido al presidente Andrés Manuel López Obrador en los primeros 120 días de su mandato, no se ha reflejado, sin embargo, en la democratización del ejercicio presidencial, como se habría creído y esperado.

Al contrario, incentivado por la supremacía que Morena tiene en el Congreso, en estos tres meses y medio López Obrador ha concentrado y ejercido un poder omnipresente, aplastante, que desdice su compromiso de no ser el “poder de los poderes” como era en el viejo régimen priísta.

La iniciativa para establecer en la Constitución la revocación de mandato, ya aprobada en la Cámara de Diputados y pendiente de desahogo en el Senado, es una manifestación de ese fenómeno. No por la consulta por sí misma, sino por la forma en que López Obrador quiere realizarla, en las elecciones intermedias de 2021, lo que efectivamente supone un protagonismo y visibilidad presidencial ilegítimos, fuera de lugar, ajeno a una disputa electoral pareja y muy redituable para el partido del presidente.

La forma en que López Obrador y su gobierno embisten a sus adversarios, a sus críticos y a la prensa, sin ningún respeto y con acusaciones casi siempre falsas o abiertas insidias, que son publicitadas en el horario estelar de las conferencias mañaneras pero no trasladadas a procedimientos jurídicos, expresa una vertiente muy elocuente de esa actitud aplastante, intolerante e inapelable.

La reunión secreta que sostuvo con el yerno del presidente Trump la semana pasada es también consecuencia y muestra de ese presidencialismo absoluto e incontestable que desarrolla López Obrador. Es sencillamente incomprensible que el presidente de México haya solicitado, o peor, aceptado el encuentro en esas condiciones conociendo la sensibilidad popular asociada a todo lo que tenga que ver con Estados Unidos y especialmente con Trump.

Más inexplicable resulta que, además, el organizador y anfitrión de esa cena haya sido el vicepresidente de Televisa, Bernardo Gómez, un empresario besamanos del poder, de quien el presidente se declaró amigo. No aparece a la vista ninguna explicación razonable que justifique todo ello, razón por la cual la que ofreció el propio presidente el miércoles y el jueves no convenció a nadie.

Una medida para calibrar el impacto que tuvo y que seguirá teniendo en el futuro los términos en que se realizó esa reunión, la ofreció el diario “La Jornada” en su edición del jueves pasado, que le dedicó el siguiente encabezado principal: “En lo oscurito, la reunión de López Obrador y Kushner”. No sólo eso, pues el periódico –cercanísimo a López Obrador– también le dedicó el comentario de la “Rayuela”, una especie de editorial breve que se publica en la última página, en el que el periódico fija su posición en relación con algún tema. Esto es lo que apareció ahí: “Inocultable aroma a sabadazo. AMLO y Kushner se escondieron en la casa del número dos de Televisa. ¿Por ahí va la 4T?” Y hubo más, pues dos cartonistas del periódico también se ocuparon del asunto. “Ha llegado el fin de la era neoliberal; vamos a celebrar con una cena en casa de Bernardo Gómez”, decía sarcástica y certera la caricatura de Helguera. A ese diario en particular, y a esas críticas, pareció responder López Obrador ese mismo jueves, cuando minimizó el escándalo y dijo que las reacciones ante el encuentro se debieron a que “hay celos y sentimientos”.

El asunto es mucho más serio que eso, y es lo que la opinión pública ha puesto de relieve, pues la proximidad entre López Obrador y Bernardo Gómez pone en cuestionamiento la base del discurso de López Obrador contra la corrupción y contra la complicidad histórica entre el gobierno y el poder económico. Toda la vida política del ahora presidente está sustentada en el combate a esa complicidad, y resulta que una vez en el poder él hace lo mismo que sus antecesores.

Aunque ya existían motivos de alarma y escándalo por los vínculos del presidente con el dueño de TV Azteca, Ricardo Salinas Pliego –el segundo empresario más rico del país y beneficiario del gobierno de Carlos Salinas–, o por su cercanía con el empresario constructor José María Riiobóo –cuya esposa fue convertida en ministra de la Suprema Corte a propuesta de López Obrador–, la irrupción del vicepresidente de Televisa como amigo y facilitador, testigo y depositario privilegiado de las negociaciones con el gobierno estadunidense confirma un patrón en  las incongruencias del jefe de la cuarta transformación.

Esas incongruencias y contradicciones, que socavan la integridad moral del proyecto lopezobradorista, no son invento de los “fifís”, sino consecuencia del narcótico del poder que lleva al presidente a creer que puede hacer lo que se le antoje sin ser llamado a cuentas y, hasta ahora, sin rendir efectivamente explicaciones ni cuentas. En ese contexto, es posible que el inesperado abucheo contra López Obrador, el sábado pasado en la inauguración del estadio de beisbol construido por el empresario Alfredo Harp Helú, sea interpretado por el gobierno equivocadamente como un hecho aislado, sin significado ni reflejo del ánimo social. Hasta ahora, López Obrador había sido testigo de los abucheos que, en los actos presidenciales, militantes de Morena lanzaban contra gobernadores del PRI y del PAN, y nadie hubiera imaginado que el propio presidente sería pronto objeto de repulsa pública. La primera reacción del presidente, al llamar “porra fifí” al público que le mostró rechazo, sugiere que esa lectura es la que prevalecerá. Pero sin sobredimensionar el hecho, sí significa algo: lo entienda o no lo entienda, lo acepte o no, esos gritos bajaron de su nube al presidente y lo pusieron en la tierra. O debieran ponerlo, pues.