En la democracia la rendición de cuentas implica un ejercicio donde el gobernante da cuenta de la responsabilidad que asumió cuando éste fue electo por el voto popular. Este acto es de la mayor importancia porque materializa la idea de la democracia del pueblo, para el pueblo y por el pueblo. No es un asunto menor, si consideramos que en los últimos años la democracia como forma de gobierno ha sido cuestionada debido a que la brecha entre gobernantes y gobernados se amplía cada vez más, en beneficio de los primeros.

Por tal motivo, resulta de la mayor relevancia analizar el Tercer Informe de Gobierno del Presidente de la República, Andrés Manuel López Obrador, el pasado 1 de septiembre. Sé que para muchos este informe es el primero en términos constitucionales y no les falta razón. Así lo estipula nuestra Carta Magna, al establecer que el 1 de septiembre el titular del Ejecutivo federal, enviará un informe al Congreso General.

Sin embargo, se considera que el Presidente de la República se ha sometido a un ejercicio de rendición de cuentas por tercera ocasión. La primera, a los 100 días de iniciado su gobierno; y la segunda, el pasado 1 de julio, al cumplir un año de su histórico triunfo electoral.

Los puristas del derecho y apego a la legalidad han puesto el grito en el cielo por esta forma de ver la rendición de cuentas a través del informe del gobierno. No obstante, el Presidente cumplió cabalmente con lo establecido en la ley y envió el informe de gobierno a través de la Secretaria de Gobernación, Olga Sánchez Cordero, y lo entregó a los presidentes de las mesas directivas de ambas cámaras del Congreso de la Unión, en tiempo y forma.

En todo caso, en lo personal y como ciudadano, prefiero un presidente que se someta a estos ejercicios de manera constante, por lo que éste pudo ser el tercero y el 1 de diciembre, fecha en que asumió formalmente el cargo, presentar su Cuarto Informe de Gobierno. Los adversarios lo van a seguir criticando, pero lo importante es que la gente sepa cómo se va concretando la Cuarta Transformación de México.

En este sentido, los analistas que se han enfrascado a criticar el informe y desdeñar lo hecho por el Gobierno del Presidente de la República, lo hacen desde visiones que han quedado rebasadas para entender la nueva realidad del país y la forma en que el pueblo percibe las acciones gubernamentales.

Hay quienes se preguntan por qué los niveles de aceptación del presidente que ronda el 70% de aprobación, cuando los medios de comunicación y las benditas redes sociales proyectan un gobierno fallido e impopular. Cuando un día si y otro también los columnistas señalan el fracaso del gobierno federal, por la falta de medicamentos, la violencia, inseguridad o incertidumbre económica.

Lo que percibo cuando recorro los municipios y comunidades es que si bien existen carencias sociales y puede despertar cierta preocupación la situación económica, lo cierto es que la confianza que tiene la gente en el Presidente es absoluta. Saben que las ruinas en que dejaron al país hacen más complicada la transformación por la que votaron. Confían en la honradez y autoridad política y moral de nuestro presidente.

Quienes señalan la debilidad institucional de nuestro democracia, la pérdida de contrapesos y la erosión de autonomías, deberían preguntarle a la gente de los pueblos qué beneficio obtuvieron de todo eso en las últimas dos décadas. Hoy saben y confían en el principio político de este gobierno: Primero los pobres.

Para materializar este objetivo lo primero es tener los recursos para ello. Y no necesariamente se deben aumentar impuestos, lo primordial es cuidar los recursos de todos, combatiendo la corrupción y tener un gobierno austero. Que esto ha generado molestias, como la compra de medicamentos, o el subejercicio en algunos sectores, es cierto, pero estoy convencido que vale la pena.

El informe de gobierno, estimados lectores, debe entenderse como un ejercicio de rendición de cuentas no de una administración, sino del cambio de régimen que estamos viviendo y el fortalecimiento del Estado mexicano. Es el cimiento de una nueva forma de ejercer el poder en beneficio de la gente, en primer lugar los que menos tienen.