Amenazan con matar a desplazados si vuelven a la sierra de Zihuatanejo
ACAPULCO, Gro., 26 de octubre de 2026.- En la plaza central del municipio de San Miguel Totolapan, región Tierra Caliente de Guerrero, hay un busto. Al lado del busto, una pequeña estatua montada sobre un plinto. Entre ambos, un torreón se eleva unos 10 metros y en lo alto, bajo las troneras techadas con teja, un reloj que no funciona marca las 13:30 horas. Es la hora en que hace cuatro años, el 5 de octubre de 2022, mataron al alcalde Conrado Mendoza Almeda y a su padre Juan Mendoza Acosta. Con ellos, al menos 18 personas más fueron asesinadas en varios ataques armados simultáneos.
El reloj dejó de funcionar “durante la pandemia”, dirá el alcalde Arturo Julián Gómez, sin pregunta de por medio y sin especificar el año. El 2022, desde luego, fue aún año de Covid 19. El busto es de un exalcalde llamado Bolívar Mendoza Duarte, fallecido en un accidente automovilístico hace 24 años, cuando aún estaba en funciones. Y la estatua en el plinto es de un guajolote con la cola extendida en abanico. Nada hay aquí que recuerde ni a Conrado ni a su padre. Nada que recuerde aquel episodio. Salvo tal vez la hora marcada en el viejo reloj del pueblo.
Pasan de las 15 horas de un lunes de finales de septiembre. El calor calentano es de apenas 32 grados. Ya entrado el otoño, el clima en esta región, cuyas máximas temperaturas bien pueden superar los 40 grados, es más benevolente. Con todo y eso, el Zócalo está vacío. Unas cuantas bancas donde nadie platica rodean un kiosco donde ningún niño juega. En las calles aledañas no camina nadie y las casas de tabique y teja parecen deshabitadas.
Horas antes, por la mañana, en el comedor comunitario, media docena de ancianas almorzaban silenciosas una sopa de lentejas con un té de canela tibio. Tres mujeres las atendían desde la cocina, puesta en la entrada del comedor. El lugar –a unos pasos de la Comandancia de la Policía Municipal con ceñudos preventivos fuera con sus armas en ristre– parecía haber sido un auditorio, amplio para las únicas tres mesas que lo ocupaban y fresco por los aires acondicionados empotrados en sus paredes. Un escudo del municipio estaba arrinconado al fondo.
Mañana será el día del Santo Patrono del pueblo, San Miguel Arcángel, nada menos que el fiero general de los ejércitos de Dios que hace eones venció al mismísimo Satanás para echarlo del cielo. Aunque acá le cantarán canciones de cuna y le llamarán “San Miguelito”. En su paseo por algunas calles cercanas a la iglesia —la procesión parará en las casas donde hayan colocado un Santito en la puerta— le colgarán billetes de muchas denominaciones, de mil y de 500 pesos incluidos, en una peregrinación más bien de pocos fieles.
Pero eso será mañana. La víspera, en el mercadito, los comerciantes se miran unos a otros a falta de clientes. El lugar no es más que un galpón, un sitio provisional mientras la gobernadora Evelyn Salgado entrega el nuevo mercado municipal, construido por su gobierno. La inauguración está programada, dice el alcalde con cierto orgullo, para el jueves próximo, aunque la gobernadora no vendrá.
✻ ✻ ✻
A las 13:30 horas de aquel 5 de octubre, en medio de la feria por los festejos a San Miguel Arcángel, comenzaron los disparos. Contra el Ayuntamiento, contra las casas, contra los hombres reunidos con el alcalde. Cuarenta minutos de balas. Murieron Conrado Mendoza, su padre Juan Mendoza, el director de Seguridad Pública, Fredy Martínez Suazo, otros funcionarios municipales, policías y otros vecinos. Quedaron casquillos entre los juegos mecánicos, sangre en los patios, ventanas rotas, cuerpos tendidos. Dolor, confusión, miedo, miedo, miedo.
Tras la matanza, el Estado hizo presencia en el municipio, dirá en entrevista el subsecretario de Desarrollo Político del Gobierno de Guerrero, Francisco Rodríguez Cisneros. Según algunos pobladores, primero llegó la Fiscalía con sus peritos, pero fue hasta pasadas las 18 horas, cuando no hasta el día siguiente. Ese día, un bloqueo en el crucero de Poliutla y en Tlapehuala impidió la entrada al pueblo tan pronto como les sería posible. Días después, el Ministerio Público de Arcelia fue trasladado a San Miguel para hacer las diligencias a pie de calle.
Todo fue en vano. Las oficinas del Ministerio Público serían vandalizadas en medio de una acción en la que hasta el alcalde suplente, Freddy Vázquez Palacios, fue acusado por la Fiscalía del estado de haber participado en los disturbios. Ni un año tardarían las oficinas en la cabecera municipal. Al día siguiente del ataque entró el Estado con toda su fuerza. Guardia Nacional y Ejército incluidos. Catearon casas, incautaron bienes. Hubo amplias coberturas de la villa “estilo Pablo Escolar” que el presunto líder criminal apodado como El Fresa mantenía en San Miguel Totolapan y, sobre todo, del video de este diciendo que él nada había tenido que ver.
Días después, un segundo video en el que hombres armados lo responsabilizaban a él y a su hermano, Johnny Hurtado Olascoaga. Dos meses después circuló otro más. En este, un hombre llamado Samuel Ávila Marín, apodado El Vago, sometido y rodeado también por hombres armados, se atribuía la planeación del ataque. El Vago había sido sacado del penal de Coyuca de Catalán por un comando. Su cuerpo fue hallado baleado en el crucero de Poliutla. Después circuló la grabación donde se autoinculpaba.
Fue escasa la información oficial. La sustituyeron Facebook, Twitter y otras redes donde se subieron los videos. A falta de respuestas oficiales, en las redes sociales se disputó la versión de quién había estado detrás de la matanza.
—La información que yo tengo es que continúa la investigación —seguirá diciendo Francisco Rodríguez en su oficina en Chilpancingo—; los resultados ya los tendrá que dar a conocer la Fiscalía.
Pero en San Miguel creen saberlo. Dos días antes de la matanza, el 3 de octubre de 2022, el director de Desarrollo Rural municipal Nazario Domínguez Nájera murió en un supuesto accidente carretero. Hasta que el 6 de octubre el entonces subsecretario de Seguridad Pública federal, Ricardo Mejía Berdeja informó en la conferencia de prensa del expresidente Andrés Manuel López Obrador que se estaba investigando como homicidio, de acuerdo con un video difundido en las redes donde se lo atribuían supuestos miembros del grupo delictivo Los Tequileros.
En San Miguel Totolapan conocen otra versión: que Nazario Domínguez era quien sucedería a Conrado Mendoza en la alcaldía, aunque apenas llevaba un año de gobierno. Que Conrado se indisciplinó porque buscaría la reelección en 2024 y fue quien estuvo detrás de su muerte. Que como Nazario ya tenía la bendición de La Familia Michoacana, de El Fresa en particular, su asesinato fue visto como una afrenta directa y como tal fue cobrada.
No hay quien desmienta esta versión. El vacío que ha dejado la falta de información oficial sobre el caso se ha llenado de los rumores que alimenta el miedo.
✻ ✻ ✻
—Mire, ahí está la casa del Fresa —dice un poblador que se acerca en una bicicleta ruinosa cuando ve que el reportero toma fotos del nombre monumental de San Miguel Totolapan en la entrada del pueblo, antes de cruzar el puente del Balsas.
No lo dice como si fuera un atractivo turístico. No se percibe orgullo en su voz, sino cierta vergüenza, quizá sarcasmo. Pero esto es una valoración, no un hecho. En cualquier caso, la casa de José Alfredo Hurtado Olascoaga ya es por todos conocida. Dentro y fuera. Después del asesinato masivo del 5 de octubre de 2022, toda la caballería del Estado se apostó en este pueblo cuya principal atracción turística es un día en el río. El Sábado de Gloria mucha gente viene a bañarse, con baile y comida en el playón.
Delante de la villa señalada como “La casa de El Fresa”, una gasolinera está en construcción. A un lado, una cancha de pádel –paredes de cristal templado, pasto sintético, red central en perfecto estado… y cerrada– sobresale tan fuera de lugar como si la nieve blanqueara en invierno la cima del Cerro del Águila, a más de mil metros de altura.
—¿El comercio tal? —se le pregunta al poblador en la bicicleta.
—Pasando el puente —solo dice y se aleja pedaleando. La gente tampoco es que hable mucho acá.
En el establecimiento, cuyo giro es mejor no especificar, el dependiente pide esperar.
—Espere —dice—. Es que aquí está la maña —así dice: “la maña”. Lo dice con normalidad, sin mayor agobio.
—Está bien —se le responde—, esperaré en la banqueta.
La calle está pavimentada con un revestimiento terracota con acabados en forma de baldosas que le dan a esta parte del pueblo un aire rústico. Combina con las casas de una planta, amplios ventanales, fachadas de piedra y patio interior. De los corredores de algunas de ellas asoman limoneros cuyo olor cítrico impregna el aire de la tarde. De otras asoman bugambilias y copas de oro, aunque no hay asomo de sus habitantes.
Son las 18:30 horas. El sol tibio pinta el poniente de ámbar, hacia el cerro del Águila. “La maña” son tres hombres hoscos con aspecto de campesinos, sin armas a la vista, que esperan estoicos en una camioneta pick-up con una antena de Starlink sobre el cofre. Ni se inmutan cuando ven al fuereño cruzar palabras con el tendero. Pasadas unas dos horas, otros hombres llegan en tsurus. Luego, un varón joven sale del establecimiento con una mujer también joven. Suben a la camioneta. Todos se retiran.
✻ ✻ ✻
—Y si todo está tranquilo como dice, ¿por qué uno de sus ofrecimientos de campaña fue la paz social? —se le pregunta al alcalde en su despacho.
—Fue Gobierno de desarrollo y paz social. Y ahora es el lema de mi administración.
—¿Solo un eslogan?
—Sí, solo es un eslogan.
El Ayuntamiento de San Miguel Totolapan ya no tiene las perforaciones de los disparos que quedaron en las paredes hace cuatro años. Tiene el silencio y el vacío. Tampoco cuelga ningún moño negro decolorado por los meses en la entrada principal. Si es que alguna vez lo hubo. Es lunes y parece día de descanso. Una mujer en la recepción, ubicada subiendo las escaleras desde la calle, apenas asoma la cabeza de un cubículo que más semeja una tronera.
Las paredes de las escaleras que dan a la oficina de la Presidencia están adornadas por murales alusivos al pueblo. Mujeres con ropa típica, danzantes, remeros cruzando el Balsas antes de que hubiera puente, una bruja cuya leyenda espantó a los niños en el pasado, pan, un guajolote, músicos… y San Miguel Arcángel, guardián del pueblo, general de los ejércitos del Cielo. Por lo demás, el edificio inaugurado en 2019, cuando Juan Mendoza Acosta era presidente municipal por segunda vez consecutiva, está solitario. No se ven en los pasillos pobladores haciendo trámites ni empleados para atenderlos.
El alcalde evade el tema de la violencia. Parece incomodarle. En cambio, se explaya para hablar de sí mismo, de su carrera como sindicalista en el CEN del SNTE, donde se hizo como político. De su liderazgo en la región. De todo y a cuánta gente ha ayudado. De que no tuvo ningún tipo de problema para hacer campaña, aunque dice que es demasiado pronto para pensar en reelegirse. Hasta dice cómo le dicen: “me dicen La Cotorra y no me afrento”. Pero sobre todo dice más por lo que calla que por lo que habla.
—No tengo problema para platicar del asunto —dice cuando se le sugiere que no quiere tocarlo.
—Aunque tampoco se ve que sea un tema del que le guste hablar.
—Es que ahora todo está tranquilo en San Miguel. Usted puede ver, camine por las calles. Lo que pasó, pasó y quedó en el pasado. Además, cuando ocurrió yo no vivía aquí —zanja sin nombrar ningún episodio por su nombre.
—¿Dónde vivía?
—En Chilpancingo, y claro, me enteré de todo por la prensa. Pero lo que no puedo es hablar de algo que no me tocó vivir y que de verdad desconozco.
—¿Puede decir que ya pasó el pico de la violencia en San Miguel? —se le insiste.
—Puede verlo —dice y cambia el tema a cómo se hizo candidato del PRI, cómo ganó.
—¿Cuántos policías tiene?
—Son 17; de esos, 10 están certificados. Aunque tampoco me meto en eso, eh. Eso es asunto de la síndica.
Y luego, de la nada, sin aparente motivo, habla de la cancha de pádel.
—Y además, tenemos la primera cancha de pádel pública de la región.
Y tal vez del estado, se piensa, pero no se le dice. Según la página padelcenter.mx, construir un espacio de este tipo cuesta unos 600 mil pesos. El presupuesto de 2026 del municipio asciende a poco más de 37 millones de pesos. Más de 37 millones para 151 comunidades, incluida la cabecera. Más de 24 mil habitantes en total, poco más de cuatro mil en la cabecera. Un presupuesto que alcanza también para construir una cancha de pádel.
De todos modos, la conversación no puede terminar mejor. A la salida, el alcalde explica con profusión el mural, el petrograbado de Tláloc que está al pie y que pertenece a una cultura antigua. Los cuitlatecos, los primeros hombres que se asentaron en este lugar. En la plaza habla del reloj detenido desde la pandemia, del busto del exalcalde muerto en un accidente y de la estatua del guajolote.
—Sí, el totole es símbolo del municipio. Totolapan significa río de los guajolotes —interviene uno de los tres hombres que lo acompañan cuando escucha que se le pregunta por qué hay un monumento de un guajolote en el Zócalo.
✻ ✻ ✻
En Chilpancingo, el Palacio de Gobierno está envuelto en una música noventera. Suena Yuri, suena Timbiriche, suena Amanda Miguel… y así por el estilo. En segundo plano, como un eco. No se sabe bien de dónde sale. Es como estar en un café y oír un soso chill out de fondo. El subsecretario está reunido con cetegistas en una sala grande de la Secretaría de Gobierno. Media hora después, sale y entra a otra más pequeña. Una directora apura al reportero para que pase tras él.
—No es solo un eslogan. En San Miguel Totolapan hay paz social —dice con una mueca de sonrisa Francisco Rodríguez Cisneros cuando se le menciona lo dicho por el alcalde de aquel municipio.
—¿Qué tan frágil es?
—No es frágil porque está fortalecida por la presencia del Estado. Estamos en permanente diálogo con actores, con liderazgos de aquel municipio para construir gobernabilidad.
—Pero aún se percibe miedo en la cabecera. La poca gente que habla de la matanza lo hace en secreto. A veces ni eso. Ni siquiera el alcalde. Pareciera que no ocurrió.
—Porque todavía están vigentes los recuerdos de las cosas que pasaron. La población está tranquila. Se les convenció de que solo iban a estar bien con la presencia del Estado y que tenían que alejarse de aquellos con quienes habían estado conviviendo, cuya presencia ya habían normalizado.
—Sí, pero esa presencia se mantiene. El Fresa, por ejemplo, sigue teniendo casa en el lugar, según se supo allá.
—¿Qué ocurría antes en la región de la Tierra Caliente? No permitían el acceso de las fuerzas de seguridad. Hoy dicen: “¿Puede venir la Policía del Estado?”, “queremos la presencia de la policía del estado”.
—¿Ha ido en los últimos meses?
—Fui cuando se dieron los hechos. Luego estuve acudiendo con regularidad.
—Dice que hay tranquilidad, y sí, se percibe al caminar por allá. Pero ¿no es “pax narca”, oiga, aquella a la que se llega una vez que un grupo delincuencial domina, en este caso La Familia Michoacana?
—No, es más bien la presencia del Estado. Antes, como ya le dije, había una cultura de la criminalidad que había permeado todos los estratos sociales. No, no es que se dé ese fenómeno que usted menciona.
—¿Y cómo califica la actuación del alcalde de San Miguel en materia de seguridad? Tiene 17 policías, 10 certificados y andan bastante bien armados, según se pudo ver.
—Colabora. Tengo conocimiento de que asiste a las Mesas regionales para la construcción de la paz. En cuanto a las armas, todas las que portan los policías deben estar registradas. Y solo las llevan aquellos que pasaron los exámenes de confianza.
—Con los antecedentes que se tienen, ¿por qué no se echa a andar la Operación Enjambre en Guerrero?
—Por el fuero. Guerrero es de los pocos estados donde el fuero es muy amplio. Bastante generoso. No permite que una autoridad de procuración de justicia ejecute una orden de aprehensión. Antes se tiene que pedir al Congreso un juicio de procedencia. Eso se tiene que modificar para que quien cometa un delito de inmediato se proceda en su contra.
—Le preguntaba si es frágil la paz social en San Miguel. Dice que no. ¿Por cuánto tiempo?
—San Miguel no está ahorita en el interés de atención dentro del mapa de incidencias que se hace todos los días. No está blindado porque no se puede blindar nada. Todo puede pasar. De lo que se trata es de construir una paz duradera que va a durar hasta que los esfuerzos de todos se terminen.
—¿Frágil?
—Todos los días buscamos acuerdos de paz. Se entiende que es por un tiempo, hasta en tanto quienes viven ahí entiendan que también tienen que cambiar sus hábitos o patrones de conducta y generar una nueva dinámica de vida.
✻ ✻ ✻
En la iglesia de San Miguel Totolapan las mujeres acunan al arcángel Miguel vestido de romano. Con la mano derecha blande en lo alto su espada plateada. Es 29 de septiembre y los cohetes retruenan en el cielo oscuro. Desde un día antes un fragor de mercado llenó el lugar con los gritos de hombres que subieron un gran arco de flores silvestres llamadas pericón. El sacristán hacía redoblar las campanas para anunciar el acontecimiento. El arco, con forma de parroquia y cubierto de olorosas flores amarillas, quedó atado en los caballetes de la cúpula de la iglesia, toda techada con teja color bermeja, justo cuando las campanas dejaron de sonar.
Desde la noche de la víspera y durante parte del día 29 le cantan Las Mañanitas. Lo llaman “San Miguelito”. Luego hay una misa. Los otros santos parecen mirar recelosos mientras un Cristo muerto yace en el santo sepulcro. Este es el inicio del festejo. Afuera un castillo de fuegos artificiales espera para ser encendido. El grupo que amenizará el baile del primer día de los 10 que dura la feria ya está listo para empezar a tocar. Y los juegos mecánicos aguardan a ser colmados por unos niños que no llegarán.
Así fue. Al terminar la liturgia, el castillo iluminó el atrio de la iglesia con su lluvia de luces. Medio centenar de pobladores que asistieron a la misa lo contemplaban maravillados, grabando con sus celulares. Un hombre bien vestido, de sombrero vaquero oscuro con una hoja de marihuana de oro al frente y gallos de pelea del mismo metal a los lados, prendió los fuegos de artificio. Las niñas daban grititos de alegría. No mucho más. En la explanada del Zócalo el grupo empezó a tocar. Fueron pocas las parejas que se animaron a llegar.