Introducción de mi libro Islas

Cambiemos un poco de la POLÍTICA A LA LITERATURA, lectores. Estoy harta y sin duda ustedes también de esta grotesca oposición a un gobierno que por fin hace bien las cosas. Creo en el actual gobierno. Me repugna la actitud de los panuchos que sólo defienden su maldito dinero y su explotación del país.

YO QUERÍA SER ROBINSON CRUSOE

En mi vida se dieron diversos roles. De los que me tocó vivir, el que más me gusta es el de viajera. En un viaje se aprende y experimenta más que en años didácticos formales. El tiempo es diferente al cotidiano, se expande, se vuelve valioso, más rico, más emocionante. Salir de mi país natal y conocer el planeta fue mi sueño de niña. A los 14 años por primera vez se me cumplió “poner un pie fuera”. Mi hermano Jacques y yo acompañamos a mi padre a Monterrey por negocios y una vez ahí, logré convencerlo de seguir hasta la frontera aun cuando no teníamos pasaportes ni pensábamos en ellos entonces. Llegando al río Bravo, el guardia fronterizo mexicano, sonriente, nos permitió cruzar el puente sin trámites, pero el gringo nos cerró la puerta en las narices. La frustración me armó un nudo en la garganta, pero aprendí dos lecciones, una sobre anglosajones. Y otra filosófica: “Recibes lo que pides. Nunca pidas poco”.

Lo cierto es que el tiempo me recompensó con creces ese primer frustrado intento de ver el mundo. Las experiencias me enriquecieron y maravillaron. Y por si el día a día no fuera cargado de interés, a veces fui testigo de acontecimientos excepcionales e, incluso, históricos.

En la colección Mapamundi, no recuerdo, REVIVO con fruición episodios personales apasionantes, lugares, personas y acontecimientos que me tocó vivir y conocer a veces a fondo y me permitió comprender la vida, su verdad y la mía in situ. A posteriori, estudié la historia de países visitados y disfruto escribiéndola en resumen. He aprendido mucho escribiendo los libros de Mapamundi.  Te invito, lector, a viajar conmigo en el tiempo y en el espacio, sólo a lugares en los que puse pie, respiré su aire y quise a su gente.

Todas las islas visitadas a lo largo de mi vida me han emocionado de manera especial, que sean islotes minúsculos o continentes como Australia o países archipiélagos compuestos por grandes islas como Indonesia.

Pero las islas tropicales, supuestamente deshabitadas, eran mi meta. Quizás porque de niña leí un libro determinante, la novela de Daniel Defoe, periodista y escritor inglés del siglo 17 y 18 (1660-1731), presunta autobiografía de un marinero de York llamada Vida y Aventuras de Robinson Crusoe que tuvo su primera edición en 1719.

Fue el primer gran libro que leí. ¿Dónde quedó físicamente? No lo sé, pero nunca salió de mi memoria. Era rojo y de pasta dura con un dibujo de dos hombres en la portada, Robinson Crusoe y Viernes. La historia se ubica  en una isla cerca de la desembocadura en el Atlántico del caudaloso río Orinoco que nace en Venezuela. Un náufrago inglés pasa ahí 28 años en una isla presuntamente desierta, en la que se encuentra a su ayudante y amigo, todo esto a resultas de un naufragio del que sobrevive.   

La historia de Daniel Defoe se nutrió de las peripecias de dos náufragos reales. El primero un marinero escocés, Alexander Selkirk, abandonado a su suerte en 1703 por su barco en una isla “con un mosquete, algo de pólvora, una Biblia, un cuchillo y algunas herramientas”. De nada valieron sus gritos por clemencia mientras el bote se alejaba y su destino fue sobrevivir durante 4 años y 4 meses en un archipiélago inexplorado y solitario del Pacífico. El otro náufrago verdadero en cuya suerte se inspiró el autor fue, el capitán español Pedro Serrano,  superviviente del naufragio de su barco en un banco de arena del Caribe donde pasó 8 ocho años aislado hasta que fue rescatado en 1534. El banco de arena sigue existiendo, en honor a la fama mundial de la obra literaria de Daniel Defoe, hay una isla que se llama Robinson Crusoe y es parte del archipiélago Juan Fernández, nombre de su descubridor en 1574. Se encuentra frente a Chile, a 670 kilómetros del litoral. La aparición de Robinson Crusoe fue un triunfo inmediato y universal. Se dice que es el segundo libro más leído después de la Biblia. A finales del siglo 19 ningún otro libro en la historia de la literatura occidental tuvo más ediciones y traducciones.

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