El PRI se enreda y se oculta en su propio laberinto

El 5 de julio, con el aumento de la luz a cuestas, Enrique Ochoa Reza recibió una llamada importante.

Sería el futuro presidente del Partido Revolucionario Institucional (PRI).

El círculo cercano había convencido al presidente Enrique Peña Nieto y ganó la partida a quienes aspiraban a un priísta curricular como sucesor de Manlio Fabio Beltrones.

Un grupo de ex dirigentes, ex legisladores y marginados sexenales preparaban declaraciones, desplegados, convocatorias a un amplio debate sobre el futuro de esa organización para presionar.

No les dio tiempo de montar su campaña.

Luis Videgaray y compañía actuaron con prontitud y ese martes por la noche comenzó a discutirse la estrategia echada a caminar el 7 de julio para generar un ambiente de aceptación para Ochoa Reza.

Fueron dos días de silencio y de discreto actuar para no agraviar a quienes, herederos de los comités de César Camacho Quiroz y Manlio Fabio Beltrones, ocupaban las oficinas centrales tricolores.

Por eso cuando una semana después, el 12 de julio, aparecieron los nuevos operadores en la sede partidista, miraban sorprendidos el edificio desconocido por ellos y se informaban de una y mil carencias.

No era lo que esperaban.

SILENCIO ANTE EL PEJE Y ANAYA

Hoy, casi un mes después, todavía no saben cómo operar esa hidra de innumerables cabezas y organizaciones.

Avanzan las semanas y no hay integración del nuevo Comité Ejecutivo Nacional (CEN), mucho menos renovación de dirigencias en organizaciones, estados, municipios y distritos.

Porque, sepa usted, por doquier Enrique Ochoa Reza escucha críticas generalizadas a esa vieja costumbre de poner centrales y comités estatales en manos de diputados y senadores.

Ha transcurrido un invaluable mes no solamente para echar a caminar la maquinaria del cambio, sino para empezar a preparar quiénes conducirán las campañas del 2017, si no quieren perder estado de México, Coahuila y Nayarit.

Y mientras tanto, Andrés Manuel López ya anda formalmente en su tercera campaña presidencial, Ricardo Anaya reta a diestra y siniestra a debates con críticas a la corrupción gubernamental y priísta, y Alejandra Barrales une a las tribus perredistas para fortalecerse.

GRAN DEBATE NACIONAL: ALITO

¿Y el PRI?

Ni siquiera para el debate.

Porque nadie contesta a Andrés Manuel López o Ricardo Anaya.

El panista quiere carearse únicamente con dirigentes partidistas, acaso porque ve flaquezas en Enrique Ochoa Reza y Alejandra Barrales, pues López sólo está dispuesto a enfrentar a Carlos Salinas.

-No, Ricardo -le dijo su ex compañero diputado Alejandro Moreno Cárdenas Alito- también yo quiero debatir contigo. ¿Por qué no incorporar a los gobernadores, a los secretarios de Estado o a otros militantes? Que participe quien quiera.

La misma propuesta hizo el gobernador el sábado pasado a Ochoa Reza en su visita a Campeche:

-Presenta con el respaldo del PRI una iniciativa de reforma política e institucionaliza el debate entre todos para airear y mejor la vida política del país. Tenemos que hablar, proponer, defendernos…

Bueno, ideas hay.