No estábamos preparados para enfrentar una epidemia ni los efectos de un enemigo silencioso como el coronavirus. Pero lo estamos haciendo.

Como sociedad y gobierno hemos atravesado hasta ahora con relativo, muy relativo éxito, este peligroso episodio que nos muestra la fragilidad de la vida humana.

Hoy vemos con sorpresa y agrado el color verde turquesa y la claridad de las aguas de nuestro mar, pero es más claro el pernicioso efecto de la acción humana sobre el medio ambiente.

El necesario confinamiento, nos da la oportunidad del reencuentro, de la reflexión personal, de practicar la tolerancia y fortalecernos en nuestras creencias, en nuestros valores.

La epidemia nos hizo transitar de la incertidumbre de no saber qué llevar a la mesa familiar, del riesgo de la protesta y el inminente saqueo e inseguridad, al apoyo solidario de pueblos enteros, empresas, asociaciones civiles y gobiernos.

Si en las naciones con sistemas de protección social avanzadas como España e Italia los adultos mayores han fallecido por decenas debido a fallas en la operación de los asilos, en nuestro país el valor de la unión familiar nos ayuda a salir avante al lado de nuestros mayores.

Cuando señalo que no estábamos preparados, no tengo el propósito de apuntar hacia errores de nadie, pero sí de recordar insuficiencias acumuladas durante décadas en los sistemas de salud, donde se requiere grandes cambios (en especial en Guerrero), en educación, donde se requiere una verdadera transformación, ya que es enorme la brecha digital que obstaculiza las clases en línea.

El Covid-19 es una dura señal de alarma no podemos seguir igual, debe existir un antes y un después.

La transición del nuevo sistema de salud ha sido complicada, sobre todo cuando no se termina de restructurar lo que se va, ni se aplica a cabalidad el nuevo modelo.

Esta crisis nos tendría que llevar a comprender que el modelo de Estado Benefactor que propone el gobierno federal no es suficiente, y que es necesario explorar la posibilidad de un salario para el desempleo, porque no se puede hacer justicia a unos y dejar a la deriva, o peor aún, arrojar a la pobreza a otros. Eso no es justicia social.

No se puede invocar a la unidad nacional por la vía de la confrontación con las fuerzas políticas, con los empresarios, ni estigmatizando a los que están en desacuerdo como enemigos del pueblo.

Tampoco podemos dejar de advertir el peligro de que la brecha social se haga más grande, porque no se toman las decisiones correctas en materia económica, en el horizonte inmediato y de mediano plazo se anticipa una severa crisis económica.

Tenemos la oportunidad de aprender de errores propios y ajenos, no hacerlo nos puede arrojar a una espiral descendente, como la propuesta que hace un grupo de gobernadores de romper el pacto fiscal, la incapacidad de diálogo deshonra la política; la cerrazón y la imposición dividen, alteran. Es mejor reconocer que la vida no se mira en blanco y negro; hay matices, grises, colores, medios tonos y muchas posibilidades para la inclusión, para el acuerdo.

Viene la parte más difícil y peligrosa de la epidemia. En las crisis hay riesgo y oportunidad, pero para que esto ocurra, es necesaria una buena toma de decisiones, para evitar el colapso y enfilarnos a la futura recuperación.