Lomas de Chapultepec. Lujosa mansión en venta. 1,414 m2 de terreno; ubicación inmejorable; dos plantas; siete recamaras con vestidores; ocho baños; pequeña biblioteca; enorme gimnasio; alberca; amplio estacionamiento; blanca, más no inmaculada; proyecto del talentoso arquitecto Miguel Ángel Aragonés. Precio justo: 4 millones de dólares, a tratar.

 

Ni conferencia ni boletín; el vehículo de las aclaraciones fue un video grabado y editado con pulcritud. Papeles en mano, Angélica Rivera salió personalmente a cortar semana y media de sospechas y especulaciones. Se vio valiente, contundente y audaz como su personaje de La Gaviota.

 

Con su narrativa, la Primera Dama cumplió con creces la expectativa generada por su esposo; reveló su patrimonio, hizo pública su declaración de impuestos del 2010, dio a conocer los términos de su separación de Televisa y el detalle del contrato y pagos hipotecarios de la residencia de Sierra Gorda 150.

 

Para no dejar dudas, la Primera Dama acreditó sus palabras con documentos colocados en su página de internet (http://angelicarivera.com)… y al último vino lo fuerte; anunció la venta del inmueble maldito “que solo ha servido de pretexto para ofender y difamar a mi familia”, dijo para culminar su mensaje.

 

La explicación urgía. Semana y media de golpeteo en medios, pero sobre todo en redes sociales, habían abollado la imagen de la familia presidencial. La falta de respuesta seria y contundente había dañado como ningún otro hecho la credibilidad del inquilino de Los Pinos.

 

El propio mandatario, y después su esposa, hicieron énfasis en llevar el tema al terreno personal… y no era para menos. La supuesta corrupción ligada a La Casa Blanca de Las Lomas, no era una crítica a las políticas públicas ni a la eficacia del gobierno sino un disparo directo a la calidad moral del Presidente de la República, y por lo tanto, de todo su gobierno; una letra escarlata marcaría con sospecha todos los actos de la administración peñanietista.

 

Desde un principio se sabía la compra de la residencia era legal; se podría acusar a la primera dama de protagonismo innecesario y si usted quiere hasta de frivolidad por presumir la opulencia del Jefe del Ejecutivo y su familia. Para un político y más para el Presidente, se ve mal exhibir la riqueza en un país de pobres.

 

Pero el tema espinoso era el conflicto de interés. Los negocios millonarios de Grupo Higa encabezado por Juan Armando Hinojosa Cantú, uno de los empresarios favoritos de Peña Nieto desde sus años como gobernador del Estado de México, simplemente no eran compatibles con una transacción privada tan onerosa como la venta de la casa cuyo valor, lo sabemos ahora, es de 54 y no 86 millones de pesos.

 

Para contrarrestar la suspicacia, la señora Rivera decidió traspasar los derechos del inmueble, es decir vender la casa.

 

Sin el vínculo particular de por medio, Presidencia de la República intenta cortar de tajo cualquier sospecha sobre el favoritismo a Grupo Higa y el probable intercambio de favores con su propietario. Si la licitación del tren rápido a Querétaro se vino abajo por la inminencia del escándalo (especulación), no habrá mancha que ponga en entredicho un nuevo procedimiento de licitación.

 

Obligada por las circunstancias, orillada por su marido, la Primera Dama debió recurrir a la transparencia como medio de defensa. Legalmente no estaba obligada, pero ética y políticamente tenía el deber de revelar su patrimonio.

 

Para el Presidente, como decíamos ayer, no hay marcha atrás. La opacidad no cabe en este gobierno… desde mero arriba y hasta mero abajo.

 

 

El Monje Loco

La tuitocracia “buitre” se atasca con la nueva versión de Casablanca hasta con majaderías estúpidas; la justificación de la esposa presidencial monopoliza la atención en redes sociales. “Si Angélica Rivera compró la #CasaBlancadeEPN con sus 25 años de trabajo, ¿por qué la vende si la ganó honradamente?; “Común denominador entre Murillo Karam y Angélica Rivera: La Mentira”; “Con esas prestaciones, los actores de Hollywood quieren chamba en Televisa”; “Chabelo, Silvia Pinal, Carmen Salinas y los decanos del Canal de las Estrellas demandan equidad”. También se han difundido decenas de imágenes de sátira, como una de Verónica Castro, quien reclama: ¡Emilio!, ¡No me salen las cuentas!…

 

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