Polémicos y ambiciosos, los diputados federales decidieron ser optimistas al fijar el precio del petróleo en la discusión del paquete fiscal del próximo año. Decidieron que 79 dólares por barril era una buena cifra; ignoraron, con toda intención, la caída prolongada de las cotizaciones internacionales del crudo con el único fin de llevar más recursos al erario y por supuesto, más agua a su molino.

Hacienda entró al juego; sacó de la cartera 10 mil 500 millones de pesos y contrató una “cobertura petrolera” para garantizar ingresos fiscales por un billón 195 mil pesos, aun cuando el precio del barril quede por debajo de los 76 dólares… lo cual ya ocurrió.

El hoyo fiscal está cubierto, sí, pero los bajísimos precios del hidrocarburo aunados a debilidad del peso –o fortaleza del dólar, como quiera usted verlo– se combina para formar algo parecido a una tormenta perfecta.

Enrique Quintana, director editorial del diario El Financiero, nos explicaba los riesgos de la actual coyuntura.

A diferencia de otras caídas petroleras, esta no consiste en un desplome repentino. Se trata de un largo proceso provocado por la guerra declarada entre los petroleros árabes y los texanos dedicados a la extracción de “shell oil”. Ante el éxito de los nuevos competidores y aprovechando el estancamiento de la economía global, los estadunidenses han inundado el mercado para apretar a sus rivales; la baja cotización podría afectar a todas aquellas actividades económicas que dependen de esa industria y traducirse en un escaso crecimiento.

La guerra de precios nos lleva entre las patas y se suma a otro fenómeno que en las últimas semanas ha traído fuerte dolor de muelas.

El precio del dólar se ha disparado… y nada detiene la caída del valor de nuestra moneda a niveles que no se veían desde hace cinco años, y al parecer nada puede hacerse para revertir la situación.

La pulmonía del peso viene de fuera; la divisa norteamericana se fortalece ante la decisión de las economías de Europa y Japón por expandir su política monetaria, es decir, poner más divisas en circulación. Como consecuencia, euros y yenes pierden valor y arrastran consigo a las monedas de países emergentes como el nuestro.

La economía mexicana –como todas– está a expensas de los vaivenes internacionales, pero como suele ocurrir, los efectos de los problemas económicos y financieros generados del primer mundo se amplifican en el tercero. Por ahora el daño monetario es limitado, pero si el precio de petróleo se mantiene abajo, podrían sentirse los primeros efectos negativos de la tormenta.

El Banco de México ya alertó sobre el efecto inflacionario que podría provocar el alto precio de la moneda estadounidense. Las importaciones mexicanas ascienden aproximadamente a 35 mil millones de dólares y si la situación actual se mantiene, para febrero o marzo, podríamos tener una escalada de precios.

Otro efecto del tipo de cambio es una eventual e indeseable salida de capitales que busquen refugio en el dólar ante la debilidad de otras monedas. Los bonos mexicanos podrían dejar de ser atractivos y su valor esfumarse en poco tiempo.

A todo esto, sume usted la inestabilidad política y social, que a querer o no impacta en las decisiones de nuevos inversionistas… y para acabarla de amolar, la falta de dinamismo del mercado interno y los pocos incentivos generados desde el gobierno para promover la creación o expansión de empresas. Por algo los señores del dinero demandan menos impuestos.

En vía de mientras saqueel paraguas y póngase el impermebale; ahí viene otra tormenta perfecta de pronóstico reservado.

EL MONJE LOCO: De luto, el gobernador de Guerrero, Rogelio Ortega, se reunirá este jueves con padres de las víctimas de Ayotzinapa… a ver si no lo ponen a marchar de rodillas.

@JoseCardenas1| [email protected]| josecardenas.com.mx