¡Ya es viernes, gracias a Dios!

¡Es viernes gracias a Dios! Mi bisabuela siempre invocaba al creador consumando con una alabanza sus mejores deseos para ella, para el prójimo y para el próximo.

Aunque ya por la tarde, con un “marrito” de amargo de ruda de aguardiente de caña en el cuerpo, con bastante facilidad, sin hacerse del rogar, mandaba a chingar a su madre a cualquiera que lo reclamara o lo mereciera. Siempre no faltaba alguien.

He decidido aplicar la conseja este día en que resguardado en casa —leyendo, viendo cine y documentales en la televisión, guisando platillos a mi gusto y para mí busco en mi tiempo perdido sacar alguna plusvalía — cuento los días para regresar a la normalidad que viví antes de la pandemia y que ya no serán así, pero al menos, tengo la esperanza de que algo quede de aquellos polvos y aquellos lodos, de cuando éramos jóvenes, irresponsables, amorosos, mariguanos, utópicos y creíamos en la Revolución antes que en Dios.

¡Gracias Padre! Por un día más en este encierro por todos tan temido.

Quiero este día mandar a la quinta chingada, y no precisamente al rancho de Andrés Manuel, sino a ese territorio conceptual que explica Octavio Paz y antes lo había hecho Samuel Ramos, y que para acabarla de chingar, en el vulgo y la academia, tiene el mismo significado, diversa denotación e intensa y polisémica connotación. ¡Que se vayan, que se sigan yendo, si quieren en peregrinación, pero que se vayan!

Decía que quiero mandar hasta allá (¿hasta acá?)a todos aquellos que no saben hacer más cosa que estar pegados a la pantalla del smartphone para estar chingando su madre y a su padre, como dice todo aquel que nació en la jaula de la melancolía, para estar jodiendo gratuitamente todo lo que no les gusta, todo lo que les parece ser el causante de su desgracia, aquello lejos de la tranza, los negocios con el gobierno, la doble plaza, la pista de aterrizar cada 15 días en una oficina pública, la asesoría sin encomienda, el trabajo en “el partido”, la obra mal hecha y cobrada como de lujo, el orejeo camuflado de análisis de comunicación y todo aquello que supura de esa herida sin remedio que quedó de la amputación de órganos gangrenados del cuerpo social que envejeció a lo largo de casi un siglo de ausencia de justicia.

¡Sí, que la chinguen!, grita a coro una manifestación de estudiantes de la Normal de Ayotzinapa que caminan lentos a paso de tortuga en busca de justicia.

Pero hoy es viernes y ni siquiera tengo ganas ni tiempo para manifestaciones políticas en pro o en contra de nada. Creo que nadie. Sólo lo hacen los que bloquean calles para exigir más de lo mismo, créditos, despensas con gorgojos, a políticos sin vergüenza que hacen proselitismo con los menesterosos como si fueran Teresa de Calcuta, entregan víveres, sirven comida, mientras ponen los ojos en blanco para la foto como San Sebastián Mártir. ¡Sí, también que vayan lejos allá!

Este penúltimo día de la séptima semana de encierro, por la mañana, después de mis ejercicios preparé el desayuno: huevos con chorizo fritos en torta. No cualquier chorizo, sino como se hace en Huazolotitlán, Oaxaca, pero preparado, paso por paso en Acapulco por Yoyo(Al)ma.

El chorizo en tripa, casi un pleonasmo con dejo de albur costeño, guarda algunos secretos que sólo conocen las auténticas matanceras y choriceras dedicadas al oficio allá en el rumbo.

Durante muchos años en el mercado central de Acapulco ganó buena fama el chorizo de Mancuernas, poblado cercano a Pinotepa Nacional, Oaxaca, hasta que el comercialismo, la chandez, la insalubridad, dilapidaron aquel prestigio ganado a pulso.

Todas las tardes se cargaban grandes tinas de plástico con cientos de kilos de embutidos y carne enchilada en las panzas de los autobuses Flecha Roja en Mancuernas y enfilaban rumbo al puerto de Acapulco. Todo acapulqueño tenía su choricera preferida mucho después de que el chorizo se vendiera en cuarta o en jeme. Muchas paisanas hicieron dinero en este negocio hasta que llegó la competencia de San Jerónimo, que su producto nunca ha superado el sabor del embutido hecho en Costa Chica.

Un buen chorizo lleva buena carne de cerdo, desgrasada, picada, no molida; tres variedades de chile: puya, guajillo y criollo. Mucho ajo, cebolla, recaudos, orégano (orejón, les hablan a algunos que se dicen periodistas), una rajita de canela, vinagre y una yerbita que en la Costa Chica conocen como “orégano” y por acá le llaman mejorana. Luego la preparación y los procedimientos que son grandes secretos, que no son muy complicados, pero que yo seguiré guardando.

¡Deliiiciooso! Se lo recomiendo. Cómalo con bolillo o tortillas calientes. Acompáñelo con frijoles y mande a la chingada a los amargados, a los profesionales de la política y sus intereses. Recuerde que ya es viernes ¡Gracias a Dios!