Sí, quién iba a pensar que aquel tiradero de basura enclavado en medio de la entonces recién fundada colonia Progreso se convertiría en la Unidad Deportiva Acapulco (UDA), teniendo como origen, el Parque Deportivo (de béisbol) Apolonio Castillo.

Muchos acapuqueños tal vez no lo recuerdan, por eso es importante comentarlo, en el marco de la remodelación de la Unidad Deportiva.

A principios de los años cincuenta, un grupo de entusiastas beisbolistas y aficionados al llamado “rey de los deportes”, se dieron a la tarea de buscar y encontrar un espacio lo suficientemente grande para practicar y eventualmente construir un parque de béisbol y lo encontraron.

Fue entonces cuando mi padre, Simón Valdeolívar Abarca y un grupo de amigos, empezaron a limpiar con maquinaria pesada prestada y contratada, una parte del terreno que servía como tiradero de basura a cielo abierto enclavado en la colonia Progreso; precisamente la parte que corresponde al diamante del estadio de béisbol.

Recuerdo la calle Vallarta que partía de la avenida Cuahtémoc hacia arriba, hasta llegar a la Escuela Club de Leones, era de terracería con piedras superficiales, al igual que las trasversales que cruzaban y definían el trazo de la colonia, y en una de ellas, casi frente a lo que se conoce como el Club Social de los Electricistas, doblábamos a la derecha en el Jeep de doble tracción que mi padre conducía cuando íbamos al naciente parque deportivo.

Debí haber tenido entre 8 y 10 años y recuerdo que justo al entrar a esa calle de tierra que nos llevaba al terreno del parque deportivo, inmediatamente, los niños que vivían en las casas a lo largo de la calle salían gritando “¡Tuba!,  ¡Tuba!, ¡Tuba!” y corrían al parejo del Willys que manejaba mi padre, quien paraba el vehículo para subir a los niños que felices llegaban al terreno donde se limpiaba y construía el parque de béisbol.

Una vez construidas las bardas perimetrales que definían y separaban, calle de por medio el parque deportivo del basurero, también se construyó la monumental pizarra de concreto que se veía perfectamente al fondo del center field (jardín central) a más de 500 pies, marcando los innings (entradas) carreras anotadas y el conteo de strikes y outs.

El Parque Deportivo Apolonio Castillo contaba con vestidores, baños, graderío, dugouts, bodega y postes con malla corrida para proteger a los aficionados de los pelotazos de foul que asistían a los juegos.

Mi padre ayudado por grandes entusiastas, patrocinadores y aficionados al béisbol, como lo fueron los dueños de los hoteles Caleta, Maris y El Mirador, entre otros empresarios, como los Hermanos Córdoba, dueños del Hotel Las Hamacas y concesionarios de la marca automotriz Chevrolet; Don Alfonso Valverde, los líderes sindicales de Luz y Fuerza (electricistas) y la CROM (estibadores), así como autoridades de las Zonas Militar y Naval, contribuyeron con entusiasmo formando equipos que participaron en la Liga Municipal de Béisbol, que presidió mi padre desde su fundación por varios años. Se trajeron jugadores del norte y sureste de México, así como algunos cubanos que enriquecieron la competencia en los equipos, tratando de equilibrarlos; recuerdo a muchos de estos jugadores por nombre y apodo (muy común en los deportes).

Debo hacer una mención especial a los inicios de temporada del campeonato de la liga de béisbol o algunos partidos de exhibición que se jugaron entre la selección de Acapulco y las de Nicaragua o Cuba, que año con año venían invitados con el respaldo y patrocinio entusiasta de hoteleros y empresarios locales.

El inicio de temporada era muy bien planeado, con organización y pulcritud en la ejecución del programa que incluía: la participación de la  zona militar para rendir honores a la bandera, el desfile de los equipos con sus respectivas madrinas, el lanzamiento de la primera bola por un invitado especial, una exhibición castrense o hípica y finalmente “play ball”, gritaba el “umpire” para iniciar el juego.

Familias enteras asistían los domingos a ver jugar a sus amigos en una abierta camaradería de convivencia sana y alegre donde se podían degustar buenos mariscos y el infaltable chivo en barbacoa que se vendía en un local acondicionado dentro del parque.

Con esta colaboración y a  nombre de mi padre Simón Valdeolívar Abarca, expreso -como sé que lo hizo en su momento- el reconocimiento y agradecimiento a todas las personas -deportistas, patrocinadores, pero sobre todos a los amigos que contribuyeron en la construcción del Parque Deportivo Apolonio Castillo, hoy conocido como la UDA.

 

¡Honrar, honra!

Como siempre, usted tiene la mejor opinión.