Gasolinazo, parte II

Nadie podría razonablemente estar en desacuerdo con la decisión de combatir el robo de combustibles de los ductos de Pemex. Pero nadie podría, también razonablemente, convalidar una estrategia irreflexiva que en esa tarea se lleve entre las patas la vida cotidiana de la ciudadanía, como es el caso de las acciones emprendidas desde hace una semana por el gobierno de Andrés Manuel López Obrador.

Ocho días después de que empezó la emergencia causada por el cierre de ductos de Pemex, acción ejecutada para evitar que el hampa siga extrayendo la gasolina, el desabasto del combustible provoca serios estragos en la mitad del país y desquicia poco a poco a la Ciudad de México, sin que los funcionarios del gobierno federal sean capaces de responder a la creciente desesperación de la sociedad.

La percepción general es que el gobierno de López Obrador no parece haber tenido en cuenta los efectos que la batida contra el robo a los ductos iba a provocar, y menos haberse preparado para hacer frente a ello. Ni siquiera parece que alguien en el gobierno haya hecho el sencillo ejercicio de contar las pipas de que disponía Pemex para surtir a las gasolineras una vez que los ductos fueran cerrados, y calculado si iban a ser suficientes para mantener el abasto en los mínimos necesarios. Por lo que se ve, el gobierno sacudió el avispero sin pensar en las consecuencias.

Si todo concluyera en el sacrificio de hacer colas interminables –en la capital, dos, tres, cinco horas o toda una noche– para obtener medio tanque de combustible, el país se daría por bien servido. Pero no es así. Hoy, la situación sugiere que si el desabasto continúa indefinidamente, las cosas pueden ser algo peor, pues el riesgo es que el desquiciamiento se profundice y su impacto se extienda hacia la actividad económica del país, lo que ya sucede en algunos ámbitos y en algunos lugares, como en la Central de Abasto de la capital.

Las proclamas y llamados de López Obrador son atendibles y funcionan para racionalizar el enojo social hasta cierto límite, pero traspuesto ese límite, medido como se quiera –por el número de días o por la dimensión de las consecuencias personales y colectivas de esta congestión–, es impredecible lo que pueda ocurrir.

Hasta este domingo, no había en el gobierno muestras de preocupación sobre la probabilidad de que el malestar público evolucione hacia una abierta y activa inconformidad, pese a los brotes –todavía aislados– que se han presentado principalmente en la Ciudad de México mediante bloqueos en las calles.

Al contrario, es una mala señal el hecho de que este domingo la Jefa de Gobierno, Claudia Sheinbaum, haya sugerido públicamente que los automovilistas acudan a las gasolineras un día a la semana según el color del engomado de sus vehículos, el que se usa para el programa Hoy No Circula. Esa sugerencia –no ley ni norma, aclaró Sheinbaum— da la impresión de que la emergencia continuará indefinidamente. Dos veces ofreció Sheinbaum la normalización del abasto la semana pasada, sin que fuera verdad; ayer evitó cualquier anuncio al respecto. Es decir, la única normalización que se avizora es la continuidad del desabasto.

A la percepción de que el gobierno de López Obrador dio un paso a ciegas, contribuye ampliamente la ausencia de un plan de comunicación, casi cualquiera siempre que no contenga la improvisación y las incoherencias que exhibe la actual forma en que ha sido explicado el combate contra el “huachicoleo” y justificado el desabasto de gasolina. En esa materia, hasta la muy querida palabra de López Obrador ha sufrido un desgaste serio, y pronto ya no tendrá sentido su mensaje de que hay gasolina suficiente y sólo es cosa de organizar su distribución mediante pipas, por lo cual no existe motivo para las compras de pánico. Esas compras de pánico son consecuencia directa de las acciones del gobierno y continuarán mientras el gobierno no las contenga con gasolina, lo único que pondrá remedio a esta crisis.

Sólo después de que el malestar de la población empezó a manifestarse, desplegó el gobierno federal una campaña de televisión para intentar explicar a la sociedad el plan contra el robo de gasolina, en el supuesto de que esa explicación basta para contrarrestar la reacción social. Pero el discurso contra los “huachicoleros” se enfrenta a la realidad de la falta de gasolina, al riesgo de parálisis en algunas regiones o en sectores de la economía y a la sensación nítida de que el problema es producto si no de la irresponsabilidad, sí de la impulsividad del gobierno.

Abucheo y disculpa en Tlapa

El viernes pasado en Tlapa, y como ha sucedido en otros actos del presidente López Obrador con gobernadores, partidarios de Morena abuchearon a Héctor Astudillo Flores. Y como ha ocurrido en otros actos, López Obrador acalló los gritos y salió en defensa del gobernador, para quien solicitó respeto. Pero al terminar el acto, que era la presentación del programa de apoyos a discapacitados, sucedió un hecho inusitado: el gobernador expuso personalmente, prácticamente en público, su inconformidad al presidente, y éste se disculpó por la actitud de los morenistas.

El momento quedó registrado en un video que con agudeza periodística hicieron público este domingo el portal “Expresión Realidad de La Montaña” y la Agencia Quadratín Guerrero. Consta en ese video el inusual intercambio verbal entre el gobernador de Guerrero y el presidente en el momento en que ambos se despiden.

Astudillo Flores le expresó a López Obrador su indignación por los hechos y le anticipó que de continuar esa clase de actitudes no volverá a asistir a sus eventos. “Se lo digo en serio, presidente. Soy un guerrerense muy digno”, dijo Astudillo Flores a López Obrador en presencia del delegado federal, Amílcar Sandoval Ballesteros. López Obrador le respondió que sus seguidores “no entienden”, pero que “por lo que a mí corresponde, yo le ofrezco una disculpa”.

El sábado, mediante un mensaje de redes sociales, Astudillo Flores responsabilizó explícitamente a Sandoval Ballesteros de haber orquestado el abucheo en su contra, lo que éste negó. Las reacciones en Guerrero, de partidos y de políticos incluso de Morena, suman en favor de la reacción de Héctor Astudillo. Sandoval Ballesteros controla a Morena en Guerrero, y por esa razón dudosamente podría ser ajeno al abucheo, que por lo visto se le revirtió.

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